domingo, 1 de septiembre de 2013

Primeras Impresiones XX

Komori Nanako
La vió pasar rauda, ajustándose la coleta de bushi y con ropa de entreno. Se dirigía al dojo privado de Kaneka, sin duda. Por algún motivo, el Bastardo le había cobrado tanto aprecio a la muchacha que incluso la invitaba a su rutina de ejercicios matutinos habituales. Al parecer, todos en la familia Imperial habían tomado cariño a aquella joven, en un grado u otro.

Pensó en ella, en su rostro, en la forma en que fruncía el ceño pensativa o reía ocultando su risa tras la manga del kimono, incapaz de disimular sus sentimientos. Lo cierto es que la había visto más a menudo furiosa, con ojos destelleantes de rabia contenida, o desconcertada, que alegre. Era a Sezaru, a su hermano mayor, a quien mostraba alegría y una pizca de traviesa coquetería; no al Emperador, al que parecía considerar a ratos un complejo puzzle, y a ratos un crío malcriado y caprichoso.

También con el Shogun parecía sentirse lo bastante relajada como para reír... aunque sus risas no tenían nada del jugueteo sensual que compartía con Sezaru. Era más fraternal. A Naseru la boca le supo amarga al pensar que podría llegar a darse el caso de que realmente se convirtieran en hermanos. Si el Lobo decidía dar el paso y solicitar permiso imperial, ¿con qué excusa podría negárselo? Y dudaba que los padres de ella se negaran a una unión tan ventajosa. Hubiesen estado locos de rechazarla.

Sin embargo, ¿era realmente inevitable que tal cosa sucediera? El Shugenja parecía resuelto, sí... y cuando se empeñaba en algo podía ser realmente cabezota. ¿Pero era la actitud de ella fruto de un interés real, o simplemente le agradaba la compañía del otro? Naseru no estaba seguro, y eso le permitía tener una cierta esperanza... Esperanza que no había sabido que necesitaba tener hasta ahora. Pasó junto a un estanque y miró las flores, sin verlas. Los fabulosos lotos blancos, símbolo del Emperador y su conexión con los Cielos, se abrían de forma tardía, negando el tiempo ya cambiante del otoño. Eran también metáfora de iluminación. Extendió la mano y cortó uno, dándole vueltas entre los dedos con el ceño ligeramente fruncido.

Makoto había sido grosera, directa e irrespetuosa en su embriaguez. Le había hablado como si él fuese una persona particularmente molesta, cuya única virtud estribaba en un físico agradable. Sonrió ligeramente: no es que le hubiese dado motivos para pensar de otra manera, al parecer. No se había molestado en tener un mínimo de consideración hacia los irrelevantes deseos de ella, le había ordenado que hiciese su voluntad sin tener en cuenta lo que ella pensara, y lo cierto es que en general se había comportado como un salvaje Moto cargando entre loza Kakita. Pero la verdad es que ella le intrigaba más de lo debido, con su mirada franca y sin tapujos. Parecía querer verle realmente, querer saber quién era su Emperador más allá de las vestimentas lujosas y la pompa y el boato. Cuando le miraba, parecía ignorar por completo las apariencias que cegaban a otras y desnudar su alma, intentando llegar hasta el fondo de su ser. Naseru se estremeció ligeramente.

¿Por qué Makoto no podía ser como las demás muchachas? ¿Por qué no podía ser atolondrada, tímida, dulce, recatada y aburrida como las otras? Actuaba como un caballo desbocado, decía lo primero que le venía a la cabeza y contemplaba el mundo, le contemplaba a él, como si quisiera descubrir todos sus secretos. Era atrayente y aterrador a un tiempo.

Distraído, apenas se percató de la presencia de un grupo de doncellas de Clanes Menores que pasaron a su lado haciendo profundas reverencias, casi echándose a su paso. Las miró de refilón, absorto en sus pensamientos, y les dedicó una inclinación de cabeza y una sonrisa algo torcida. Una de ellas se desmayó.

Gorrión, claro, pensó mirando sus ropajes. ¿Quién ganaba la apuesta, Sezaru o él? Continuó su paseo, apartando deliberadamente de su mente cualquier cosa referente a la joven Liebre.

***

-¡Suzume-san! ¡Suzume-san! -Nanako se inclinó junto a la Candidata Gorrión, intentando devolverla al mundo de los vivos mediante su llamada. Nada. La muchacha estaba inconsciente. ¿Se habría golpeado la cabeza? Miró con cierto apuro a su otra acompañante, la Candidata del Clan Zorro, que se tomaba aquello con considerable filosofía.

-Déjala en el suelo -comentó Kitsune Hikaru batiendo las pestañas-. Cuando la pisen los Seppun seguro que recupera el sentido.

-No seas cruel, Kitsune-san -le reprochó la Komori, intentando disimular una sonrisa-. Suzume-san no tiene la culpa de ser tan tímida...

-Pero es poco realista -apuntó la Kitsune, sacudiendo la cabeza-. No puede andar haciéndose ilusiones cada vez que cruza la mirada de reojo con el Hijo de los Cielos... -suspiró. De las tres, la Candidata Suzume era la más bonita, con rasgos delicados que evidenciaban sus orígenes en el Clan de la Grulla apenas estropeados por la exposición a los elementos debida a la humilde posición de los Gorrión. De constitución menuda y exquisita, su carácter apocado daba paso a un exceso de locuacidad cuando se daban las condiciones adecuadas para que alguien tan sumiso pudiera relajarse. En cambio la Kitsune, aunque de rostro ciertamente bello que haría sombra incluso a las Candidatas de Clanes mayores, era excesivamente curvada, excesivamente sensual, y tenía la desconcertante manía de mirar siempre ligeramente hacia la izquierda de su interlocutor, o directamente a través de él, cosa que resultaba inquietante para la mayoría. Nanako, acostumbrada a tratar con Shugenjas incluso más excéntricos que Hikaru, la encontraba agradable pese a su humor retorcido y algo acerbo.

Se sabía la menos atractiva de las tres, demasiado seria, demasiado alta, demasiado delgada. Y sin embargo, entre aquel trío de muchachas se había establecido una alianza, un pacto de no agresión, que las estaba librando de lo peor del trato de los Clanes Mayores. Cuando no estaban acompañadas por sus respectivos guardianes, se movían en grupo. Las otras Candidatas de los Clanes Menores se habían dado cuenta y se habían ido añadiendo a aquella sociedad por puro instinto de supervivencia, ya que a ninguna le interesaba particularmente llamar la atención de quien no debían y, cuando estaban juntas, no solían molestarles. Pero el corazón de aquel grupo, y las que estaba empezando a considerar realmente sus amigas, eran aquellas dos: la apocada pero parlanchina Gorrión y la sarcástica y algo extravagante Zorro.

Suspiró.

-¿Crees que deberíamos llamar a un Sanador, Kitsune-san?

-Te diría que la abofetearas, pero con ese cuello tan fino que tiene a lo mejor la partes en dos -respondió Hikaru en tono desenfadado, arrodillándose junto a la inconsciente Gorrión y colocando un espejo frente a sus labios-. Está bien, ¿ves? -le mostró el vaho que cubría la superficie-. Sólo es un ataque de esperanza imprudente, y contra ese tipo de tontería no hay cura, Komori-san -se encogió de hombros, pesimista-. A estas alturas se diría que Suzume-san ya se habría dado cuenta de que el Emperador no tiene ojos para ella...

-Ni para ninguna de nosotras -repuso Nanako con cierta resignación. Las dos amigas suspiraron. Aunque sus posibilidades siempre habían sido prácticamente nulas, las ilusiones de los corazones jóvenes e impresionables eran difíciles de controlar... y el Emperador era un hombre tan atractivo, tan serio, tan impactante, de aire tan noble y honorable, con aquella pizca de peligrosidad que le daba el haber sido uno de los Cuatro Vientos, el parche sobre su ojo vacío, las leyendas de cómo se había enfrentado al propio Fu-Leng...

Sí, era difícil que unas doncellas a las que se había enviado como posibles Candidatas al puesto de Emperatriz de Rokugan y esposa del hombre más interesante en más de un sentido de toda la Corte no tuvieran sueños y fantasías, por poco realistas que fueran. Al principio, la creencia de que el Hijo del Cielo desposaría únicamente a una Candidata de algún Clan Mayor había sido bastante para mantenerlas más o menos conformes con su destino, pero ahora...

El Emperador había concedido audiencia privada a una Usagi, y luego la había invitado a cenar. Más que eso, toda la Corte sabía que le había prohibido cenar con nadie que no fuese él. Si esto no podía hacer volar la imaginación más limitada, ¿qué podría hacerlo? Era como descubrir que algo muy deseable a lo que habías renunciado desde un principio había estado realmente a tu alcance, y era duro, muy duro. Quizás por eso el grupo compuesto por Candidatas de Clanes Menores no había hecho ningún avance hacia la joven Liebre, ni ninguna de sus componentes había tratado de contactarla o mostrarse amistosa hacia ella, dejándola lidiar sola con todos los peligros inherentes a una Corte Imperial.

Pero los celos no eran motivo suficiente para que ninguna de ellas siguiera mostrándose tan mezquina, pensó Nanako frunciendo el ceño ligeramente.

-Se te van a hacer arrugas -indicó la Kitsune sonriendo maliciosamente-. ¿Qué idea cruza esa cabecita tuya, Komori-san?

-Creo -Nanako miró a Hikaru, fijando sus ojos negros y profundos en los verdes y juguetones de ella-, creo que ya es hora de que empecemos a cambiar las cosas. Hemos estado paradas demasiado tiempo. Y si lo que todo el mundo murmura sobre la Candidata Usagi es cierto, deberíamos empezar a movernos de una vez.

-De acuerdo. ¿Tú tiras de los brazos y yo de las piernas? -sugirió la Zorro.

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