domingo, 8 de diciembre de 2013

Primeras Impresiones XXIX


Yacían uno en brazos del otro, con la caricia del sol cada vez más bajo sobre la piel como única vestidura. Él le acariciaba lentamente el cabello, conmovido, mientras ella miraba a lo lejos con una expresión de paz total. Ninguno de los dos estaba planteándose todavía las consecuencias de sus actos. Se besaron con suavidad, perezosamente, disfrutando el momento.

Lentamente la cordura volvió, sin embargo, y Makoto empezó a ser consciente de lo que había hecho, y con quién.

-¿Qué vamos a hacer? -preguntó a Naseru. Aún llevaba puesta la corona de él, y su parche. El banco de piedra bajo ella transmitía algo de frío a través de las cálidas ropas imperiales sobre las que habían hecho el amor.

-Deberíamos hacer lo correcto... si quieres -él tocó con suavidad la corona dorada sobre los cabellos negros de la bushi. Ella le miró, y se quedó petrificada-.  ¿Makoto...?

-Sezaru-sama. Esto es lo que él... -sintió un acceso de pánico y horror. Luego volvió a posar la mirada en Naseru, y de repente fue tranquilizándose, poco a poco-. No puedo -dijo en voz muy baja.

-¿No puedes...?

-No puedo casarme contigo -susurró ella-. Te quiero...

-Y yo a ti -el Emperador sonrió, sin petulancia o engreimiento esta vez.

-No sé cómo ha sido. No sé cómo hemos llegado a esto, pero lo cierto es que te quiero. Pero si me caso contigo, tendré que ser la Emperatriz, y la Emperatriz no puede traicionar al Emperador de ninguna manera. Tendría que dejar de ver a Sezaru-sama por completo, y le rompería el corazón. No puedo ser feliz a costa suya -se mordió el labio inferior, con angustia.

-¿Irás con él, entonces? -Naseru sintió que se le encogía el corazón, pero estaba dispuesto a aceptar aquello, si era lo que tenía que ser. Había tenido más, mucho más de lo que había esperado. Ella le amaba. Podía renunciar a ella, sabiéndolo... ¿verdad?

-No -los ojos de Makoto se llenaron de lágrimas-. No puedo ser feliz con él y dejarte solo con tu tristeza, ahora que sé... -tragó saliva.

-¿Pero tampoco te casarás conmigo? -musitó el Emperador, desconcertado.

-No me casaré con ninguno de los dos. No puedo -la joven Liebre agitó la cabeza, ahogándose un poco.

-Makoto, yo... -le cogió las manos-. Tengo que hablar con él. Encontraremos una solución, pero prométeme que no harás ninguna estupidez.

-¿Como qué, como enamorarme de dos hombres a la vez...?

-Yo que sé... salir huyendo o... no sé -la idea, horrible por cierto, de que ella quisiera hacerse el sepukku debido a lo ocurrido entre ellos aquella tarde, le dejó helado. La muerte era la forma más habitual en que un samurai limpiaba su honor y volvía a la Rueda, a fin de cuentas, y Makoto le había demostrado que se tomaba sus deberes muy en serio. Sólo esperaba que ella no se planteara algo así, que su deber hacia el Emperador incluyera no romperle el corazón de aquella forma-. Y no te enamores de nadie más, ¿neh...? -finalizó, intentando bromear para aligerar el miedo que de repente había sentido.

-Te lo prometo, no saldré huyendo -ella sonrió un poco, abrazándose a él y acariciándole las mejillas-. Está refrescando... deberíamos ponernos decentes -miró el kimono color jade con cierto apuro.

-Mejor no te lo pongas, está lleno de... -no finalizó la frase, pero se rió. Ella se sonrojó, y él no pudo contenerse y la besó de nuevo, porque con la luz del atardecer en su cabello y el brillo rojizo en su rostro estaba más encantadora que nunca-. Ven... mis baños privados están por aquí.

-Hai... -Makoto se mostró dócil, dejándose guiar. El recinto resultó ser más íntimo de lo que la bushi esperaba, pequeño pero espectacular a un tiempo, aprovechando la propia orografía del terreno para crear un pequeño cubículo techado, humilde, pero que daba a unas vistas fabulosas. El que el agua caliente se mantuviera así por obra de la naturaleza o por la de criados era imposible de decir, aunque la joven se inclinaba más por lo segundo. No recordaba que hubiese fuentes termales naturales en el palacio. Y sin embargo, el cuidado con el que se había creado aquel espacio hacía que resultara absolutamente irregular y perfecto, como si alguien hubiese robado un espacio abierto y lo hubiese colocado en medio de aquel lugar. Quien había diseñado aquel sitio era un auténtico genio.

La joven se sumergió en el agua perfumada, mirando a Naseru que la contemplaba a ella a su vez, como si fuera un enigma complejo. No se consideraba nada de eso, así que no comprendía muy bien cómo podía resultarle misteriosa a alguien tan tortuoso y con tantas facetas como aquel caprichoso Emperador. Entonces vio la sangre.

-¿Estás herido? -musitó, alarmada. Él bajó la mirada.

-Ah... no. Es tuya. Las mujeres, la primera vez -su sonrisa era la del gato al que han dado un plato de crema particularmente sabroso-, sangran. ¿No notaste un dolor...?

-Sólo al principio -admitió la muchacha, sonrojándose. Naseru se rió ligeramente, halagado.

-Es normal, aunque si quieres puedo llamar a mi... -se cortó en seco. Makoto arqueó una ceja, y él siguió diciendo-. Iba a decir a mi sanador personal... pero no creo que sea buena idea ahora mismo.

Makoto adivinó de quién se trataba, y asintió ligeramente.

-¿Sabes? Debería estar enfadado contigo -comentó él mientras le frotaba la espalda, con esmero-. Primero, juegas con mis sentimientos poniéndome celoso al preferir cenar con mi hermano que conmigo, y ahora me das calabazas... Soy el regalo del Tengoku a la tierra... ¡Deberías desmayarte por los pasillos!

-Te aburrirías enseguida -respondió ella riendo-. Así que... me prohibiste cenar con Sezaru-sama porque estabas celoso -se mordió el labio inferior, pensativa-. Pero... apenas habíamos hablado en aquel momento -musitó, desconcertada.

-Me llamaste la atención -ahora, Naseru podía admitir que así había sido desde el principio, aunque no se hubiese sido hasta después de sacar a la muchacha del agua, completamente borracha, que se percatara de lo que realmente sentía-. Me miraste... directamente, a mí, no al Emperador, como si fuese normal. 

-¿Cometo una descortesía y te llamé la atención...?

-Dicho así... sí. Maleducada -ambos rieron esta vez. Estaban así, relajados y conversando, cuando una figura oscura vestida de ninja bajó de un salto de techo.

***

Sezaru y Kaneka entraron velozmente en la residencia Imperial, acompañados de guardias Seppun de confianza absoluta. Al Shugenja no le sorprendió en exceso encontrarse rodeado de criados, que le miraron un instante con asombro... y luego sacaron las armas.

Obviamente, sabían que habían sido sorprendidos, y no les importaba mucho intentar acabar con el resto de la familia imperial antes de enfrentarse a Toturi III.

Kaneka cargó con los guardias, blandiendo su katana en un silencio más feroz que cualquier grito de batalla. La discreción era una meta tan importante como la victoria, ya que no debía correrse la voz de que las defensas del Emperador habían fallado. Un atentado así debía ser oculto. Los enemigos no parecieron ser contrarios a esta táctica, ya que se movieron con la agilidad y coordinación de asesinos cuidadosos y profesionales. Ninja, pensó Sezaru, invocando el fuego que ardía en su alma, el fuego sagrado de los Kamis con los que siempre había sentido la más intensa conexión.

"Sóis demasiado travieso para compararos con el aire". "¿Fuego entonces...?" Las palabras intercambiadas con Makoto le volvieron a la memoria mientras el aire se llenaba de rastros ígneos y atacantes fulminados. Una sonrisa extraña le iluminó los rasgos mientras combatía, su magia tan certera y mortal como la hoja del Shogun que se abatía sobre los infiltrados. Kamis, ella había intuído su verdadera naturaleza, equilibrada entre el Vacío y el Fuego más salvaje pese a la amabilidad que siempre le había mostrado. Se preguntaba ahora si esa gentileza suya no era más que otra máscara, así como el Nemuranai que había heredado de su madre era su rostro en batalla. Sezaru, el Lobo. No podía ignorar la voz que había en su interior y que deseaba la destrucción tanto como su más sofisticado alter ego deseaba la paz.

Tal vez Kaneka tuviese razón. Tal vez estaba loco.

En todo caso, era la Voz del Emperador, y tan protector de éste como el propio Shogun. Las flechas llovieron sobre ellos. Sezaru las hizo arder con un muro de fuego.

¿Cómo iban a justificar luego los desgastes en el bello jardín? Aquella duda era algo distante, como tantos pensamientos parasitarios que llenaban su mente cuando más centrado estaba con su lado destructivo. En momentos como aquel era más consciente que nunca de su doble naturaleza, de su doble identidad, casi. Notó un golpe en la espalda. Uno de los atacantes se había quedado rezagado y le atacaba donde el muro de fuego no podía protegerle. Hizo arder su ninja-to. El hombre gritó de dolor al fundirse el metal en su mano.

¿Dónde estaba Naseru?

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