sábado, 25 de octubre de 2014

Primeras Impresiones XXXV

La hora del desayuno era extrañamente relajada. Sezaru reponiéndose de su herida, Makoto sentada ante él y sirviéndole el té, y Naseru y Kaneka hablando en voz baja de las escasas pistas que poseían.

-Es como si hubiesen aparecido de la nada, como si hubiesen surgido de aquella espiral -explicó el Shogun con el ceño fruncido-. Había algunos que han sido reconocidos por algún sirviente, pero claro... pensaban que se trataba de otro criado, de otra familia invitada. El problema es que ha entrado demasiada gente a esta Corte a la vez, y la seguridad no ha sido tan cuidada como otras veces.

-En el Palacio era otra cosa -señaló Naseru, también ceñudo y sombrío, extrañamente parecido a su medio hermano en aquellos instantes-. Pero ahora, con la Corte establecida aquí, poco más se pudo hacer. Pero, ¿cuán sutiles fueron para irse introduciendo entre el servicio sin que nadie se percatara...?

-Un sirviente nuevo no llama mucho la atención. Se puede ir dando a conocer, y si luego éste reconoce a otro, todo el mundo pensará que llevaba tiempo ahí, y así se va haciendo cadena si se hace poco a poco -opinó Makoto mientras tendía la taza de té a Sezaru. Los tres hermanos la miraron un instante y luego asintieron, al unísono. Ella contuvo una sonrisa, preguntándose si se daban cuenta de cuánto se asemejaban ante una crisis.

-Es una interesante teoría. Podría ser la verdad -Kaneka estrechó la mirada-. Y los Imperiales, por ejemplo, ni miran al servicio. No se percatarían de que había ni uno ni cincuenta nuevos...

-Ciertamente es problemático. Pero es una costumbre tan aferrada que difícilmente podremos corregirla.

-Hai... Son así de relamidos -bufó Kaneka. Naseru lo miró con cierta censura, pero no dijo más-. Hay otra cosa que me llama la atención... algunos fueron reconocidos como miembros del servicio, pero luego está el asunto del que se rebanó la cara.

-¿Qué? -Makoto, que ignoraba tal acontecimiento, dio un respingo-. ¿Por qué?

-No lo sabemos -admitió el Shogun.

-Quizás -Naseru estrechó la mirada- era alguien de mayor relevancia, cuyo rostro pudiese poner en evidencia a la familia y quiso evitarles el deshonor. Habrá que vigilar si entre los notables hay alguna ausencia y, en caso de ser así, interrogar a sus familias.

-Ciertamente, si sintió la necesidad de mutilarse así, algo tenía que ocultar -asintió Kaneka.

-Hai... aunque me pregunto si sería realmente eso u otra cosa. Un muerto no tiene por qué temer que le reconozcan... -musitó Makoto, pensativa.

-Sí, si es alguien cuya deshonra afecta a más personas -contradijo el Bastardo. Naseru hizo un gesto de aquiescencia. Sezaru miró a la joven Liebre, y le preguntó con suavidad:

-¿Qué te inquieta, Makoto-san...?

-No lo sé -los ojos castaños de la muchacha se fijaron en los del Shugenja-. No lo sé, y eso es lo que me preocupa...

***

Otro tal vez no se hubiera fijado, pero Sezaru estaba acostumbrado a observar a la gente, a la forma en que los espírtus se curvaban a su alrededor. Tenía una afinidad natural con los kami, y en ocasiones hasta el toque de visión que tantas veces había conmocionado a su madre. Además, estaba acostumbrado a leer las expresiones de su reservado hermano menor, y estos días se había estado fijando en la muchacha lo suficiente como para percatarse de que rara vez ocultaba lo que sentía.

Para él era evidente que ambos estaban extrañamente calmados el uno junto al otro, que Makoto había sido completamente aceptada y absorbida por la familia. Naseru y Kaneka hablaban, y ella intervenía y era escuchada. Complementaba la conversación y hacía que los dos se distendieran, algo positivo ya que las tensiones entre ambos habían degenerado a menudo en conflicto cuando trabajaban juntos en otras ocasiones. La Usagi parecía ejercer de elemento pacificador sin que ninguno de los tres se diera cuenta, armonizando lo que de otra forma sería un encuentro útil, pero tenso.

Y aún más: Naseru y Makoto no se tocaban, pero intercambiaban miradas que hablaban de una compenetración absurdamente fácil entre el retorcido cortesano guerrero y la simple bushi. Se volvían el uno hacia el otro, complementaban sus pensamientos, había una chispa de complicidad incluso cuando ella le reñía por hacer algo indebido, algo que hubiese debido resultar incómodo o irrespetuoso, pero les hacía parecer perfectos el uno junto al otro. Al observar el futuro, Sezaru había visto esa perfección, y al hablar de la imposibilidad de lograr la mano de la muchacha, había generado una fisura en ella. Pues Makoto se volvía también hacia él, le amaba.

Estaba resplandeciente como nunca, pese a su evidente inquietud.

Siguiendo un impulso, alzó una mano y la puso sobre el viente de la joven, que le miró sorprendida pero no sobresaltada.

-No se puede sembrar sobre la cosecha ya germinada -decretó el Shugenja con los ojos en blanco. Todos se quedaron atónitos, sin comprender. Y entonces Sezaru pestañeó y se giró hacia Naseru-. ¡Si serás cerdo! 

Y le encajó un puñetazo en el ojo bueno.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Primeras impresiones XXXIV



Desde lo alto de la torre fortificada sólo se veía, como siempre, un mar en calma de un azul verdoso intenso como el que ninguna piedra preciosa podría llegar a mostrar, un cielo perfecto y severas montañas rocosas con lujuriante vegetación a sus pies. Era una imagen paradisíaca, pero que para ella representaba únicamente una cosa: que cierto Shugenja Mantis estaba volviendo a jugar con sus sueños, atrapándola en un reino onírico al que no sentía interés por ir.

Él estaba allí, en silencio, observándola con atención como si cada temblor de sus pestañas, cada respiración, cada álito silencioso que le acariciaba el cabello fuese esencial. Hoketuhime no sentía ningún deseo de hablar con aquel desconocido al que despreciaba y odiaba por sacarla de sus rutinas, y él parecía conformarse con mirarla sin más tras unos primeros intentos de sacarla de su mutismo.

La belleza natural del paisaje antinaturalmente soleado era como un bálsamo para los nervios de cualquiera; no para los suyos. Ella sabía que en la vida, lo hermoso no era necesariamente bueno. Se conocía profundamente a sí misma, herida y destruída más íntimamente de lo que nadie pudiera soportar tras su máscara de perfecta compostura. Tomándose de ejemplo, aquel panorama sobrecogedor no le producía inquietud siquiera, sólo el profundo deseo de no ceder.

-Amáis al Emperador.

Aquella declaración inesperada le hizo pestañear. Dudó un instante, con el rostro indiferente, antes de decir:

-Sí. Pero eso no es asunto vuestro.

Él se tensó y sus ojos verdemar se llenaron de chispas de ira.

-No, supongo que no.


***

El general Oni reunió a sus lugartenientes, chasqueando sus tentáculos de agua putrefacta, hirviendo hasta la sal marina de sus venas.

-Quiero que matéis al Emperador Toturi III. El que lo logre, conseguirá mi puesto.

Hubo una oleada de anticipación y luego todas aquellas bestias impensables se alejaron sobre sus profanas patas, apéndices o vientres viscosos. Sólo una quedó en silencio, mirándole con imposibles ojos aguamarina, del mismo tono exacto que los suyos. Su hija no se movió.

-Estás perdiendo el norte por una humana -dijo en voz profunda, sensual y exquisita como el sonido de las olas sobre la playa, e igualmente irresistible para otros.

-¿Hablas por experiencia, hija?

Ella achicó los ojos y volvió el rostro pálido, con la cortina de cabellos azules cubriéndola como una cortina.

-Al menos -respondió sibilante-, yo tengo un contrato.



Notas: Imagen sacada de http://www.fotosoimagenes.com/2715/imagenes-de-playas-paradisiacas/playa-paradisiaca-5/
Todos los derechos pertenecen a su autor. No se pretende infringir ningún copyright.

jueves, 21 de agosto de 2014

Primeras impresiones XXXIII



La luz de una vela trajo de vuelta su consciencia, o al menos eso le pareció. ¿Cuánto llevaba inconsciente? Makoto estaba sentada a su lado, mirándole con preocupación. Por un momento, creyó que soñaba. ¿Dónde estaba Naseru?

-Naseru-san ha ido a cenar con la corte -dijo ella como si le leyera el pensamiento-. No puede faltar a sus deberes o podría generar comentarios, y me ha insistido mucho en la necesidad de mantener vuestro incidente en secreto...

-Uhm... -la notaba tensa, descontenta. Sus siguientes palabras, aunque dichas en voz baja, fueron aclaratorias:

-Me habéis asustado.

-No era... mi intención -musitó él.

-No vuelvas a hacerlo, onegai -la voz de ella era casi un susurro.

-Creo que no podré venir al próximo desayuno tampoco -intentó bromear él.

-Entonces vendré yo a desayunar con vos. Alguien tiene que evitar que hagáis tonterías...

-Yo no hago tonterías.

Ella enarcó una ceja, y luego comentó como quien no quiere la cosa:

-Naseru-san estaba muerto de preocupación. Al parecer le dijísteis a él y a Kaneka-chan que no estábais herido.

-Yo no creía... 

-Casi faltáis a vuestra palabra y me dejáis sola.

-Lances del combate, no lo tenía planeado -protestó él. Ella le miró con sus ojos grandes, castaños y sinceros, y él se quedó sin habla unos instantes-. No me crees...

-No avisásteis a nadie de que estábais herido, Sezaru-sama.

-No dolía, no pensé que fuera tan grave -mientras se defendía, él empezó a replantearse la situación. ¿Había sido realmente así? ¿No había sentido nada cuando le apuñalaron? ¿Por qué no prestó atención a una posible herida? Entonces se percató de un detalle que había pasado por alto debido a la concentración en el combate, y posteriormente en la curación de sus hermanos-. Estabas aquí.

-Me ha pedido que sea su esposa -respondió ella suspirando.

-¿Por qué? -no pudo evitar preguntar él, sintiendo una nueva angustia. El dolor de su corazón superó con mucho al de su herida, y de repente se dio cuenta de que realmente no le hubiera importado morir en la batalla, faltando a su deber como Voz del Emperador y protector de Rokugan. Hubiese hecho cualquier cosa por escapar de aquella agonía, incluso provocar un nuevo desespero a Naseru o huir de sus obligaciones. 

-Porque me ama...

-¿Y tú a él?

-He declinado -dijo la Usagi, aunque el mero hecho de que no respondiera directamente a su pregunta le dijo a Sezaru cuanto necesitaba saber. De nuevo ella le miró a los ojos-. Porque os amo.

Y el Lobo se quedó sin palabras.

***
La cena había sido tranquila. Hoketuhime agradecía la ausencia de Candidatas en ellas, ya que le permitía un descanso, ni que fuera ilusorio, de los terribles celos que la acosaban constantemente. La Candidata León que hablara de ella con desprecio, la Candidata Escorpión con sus seductores hombros desnudos, la Candidata Grulla de rostro encantador cuyas pecas resaltaban aún más la perfección del resto de sus rasgos... El no verlas ni sufrirlas era un alivio inmenso. Sin embargo, como buena conocedora de su Emperador, había notado que éste estaba ligeramente ausente. Sus modales habían sido más reposados, su único ojo negro se había posado gravemente sobre los comensales mientras se intercambiaban chismes políticos, y en general su aire había sido digno, honorable y severo. En exceso, incluso. Ella sabía muy bien cómo era su Señor y aquel cambio insinuaba que algo había ocurrido que le perturbaba profundamente. Unas cuantas pesquisas discretas le habían hecho saber que Sezaru-sama no había sido visto por ningún lado aunque su presencia en la cena se había dado por descontada. Kaneka-sama, sin embargo, no había mostrado variaciones en su rutina, así que podía intuir que no había pasado nada realmente realmente peligroso.
 
Se preguntaba si tendría algo que ver con el hecho de que la Candidata de la Liebre no hubiera estado presente tampoco. Ese pensamiento le provocó una sonrisa incrédula en su mente, que no se reflejó en su rostro: era bastante incongruente imaginarse al avejentado Lobo huyendo en la noche con una muchacha, y menos con una cuya mano, si lo deseara, fuera tan fácil de obtener. Él había demostrado interés, devaluándose al ofrecer sus atenciones a una jovencita de estatus. ¿Qué familia de un Clan Menor pondría pegas a un pretendiente tan ilustre?
 
A menos que otro pretendiente de mayor alcurnia hiciera una propuesta...
 
Hoketuhime sintió un ligero desasosiego ante aquella idea insidiosa. Pero no, no era posible. Nadie tenía mayor rango que la Voz del Emperador, salvo el propio Emperador.
 
Ahora sólo quedaba el repaso de los eventos para el día siguiente y podría retirarse a reposar. Aquel era un momento único, especial, que ambos compartían. Ella lo atesoraba, aunque sabía que él no. Repasaron los actos públicos, las figuras de la Corte que debían asistir, las invitaciones a enviar, los detalles de los que la Daimyo debía ocuparse. Y entonces Naseru dijo aquellas palabras que fueron como puñaladas:
 
-Invita a la cena de mañana a las Candidatas de los Clanes Menores.
 
Hoketuhime no parpadeó siquiera ante aquella petición inusual.
 
-¿A las de los Clanes Menores, mi Señor?
 
-Hai.
 
-¿Y a las de los Clanes Mayores?
 
-No es necesario.
 
Hoketuhime sintió cómo su corazón se rompía, pues intuía vagamente el porqué de aquel honor. Había estado jugueteando con la idea de que cierta Candidata pudiera atraerse atenciones a las que no parecía propio que aspirara. Y sin embargo...
 
Aquella noche, la Daimyo se quedó sola en su cuarto, apagó todas las velas y lámparas y, ataviada tan sólo con su ropa de dormir, se sentó junto a la ventana con el cabello suelto y contempló el paisaje nocturno en el que no se movía ni una hoja.
 
Ni una sola lágrima cayó por sus mejillas.

Nota: Mi más sentido agradecimiento a Morweris por ayudarme con la imagen, ya que mi portátil ha muerto y mi Photoshop con él xD

martes, 12 de agosto de 2014

Primeras Impresiones XXXII


-¡Será baka...! -Naseru maldijo. Makoto negó con la cabeza.

-No es momento de maldecir -la joven Usagi parecía tranquila y fría, aunque por dentro le devoraban los nervios. El Emperador, por el contrario, estaba demudado: una hermana muerta ya había sido suficiente. Levantó en brazos a Sezaru, buscando la herida. Fue ella quien la vio primero-. Le han apuñalado por la espalda.

-Baka.... -susurró él, angustiado.

-Ssssssh.... Ahora no, cuando esté bien -le tocó la mano, tranquilizadora. Ninguno de los dos se sintió extraño por ello, pero aquel gesto familia y afectuoso sí chocó a Kaneka cuando llegó con un sanador Fénix.

El Shogun los observó a ambos mientras centraban su atención en el herido, tendido ahora sobre un futón. Estaban muy juntos, Naseru con la mirada fija en su hermano herido, con una expresión que el Bastardo reconoció. Estaba aterrado ante la perspectiva de perder a otro miembro de su familia. Makoto aparentaba serenidad, pero sus ojos revelaban que tampoco estaba segura. No obstante, esperó al veredicto del sanador antes de sucumbir finalmente a sus nervios.

-Se recuperará, pero necesita reposo -musitó el Fénix, sin que en sus rasgos se transparentara nada excepto desaprobación por el estado en el que se encontraba Sezaru. Ni siquiera el que la joven Liebre estuviera ahí, con el Nemuranai del Lobo en el regazo, le hizo levantar una ceja-. No dejen que haga esfuerzos hasta que la herida se cierre.

Makoto asintió, temiendo que si intentaba hablar en aquel instante no le saldría la voz. Una vez finalizado el examen, el hombre se levantó y salió, acompañado del Shogun que le recordó la necesidad de discreción en aquel tema. La preocupación le hizo ser algo menos delicado de la cuenta, ya que el Fénix se marchó algo ofendido y bastante asustado. Cuando volvió a entrar, se encontró con que la muchacha acariciaba lentamente el cabello blanco de Sezaru, mientras vigilaba su respiración.

-Se pondrá bien -dijo Naseru, mirándola a ella ahora.

-Hai... -repuso Makoto, que al pasar lo peor parecía haber dado rienda suelta a un ligero temblor que la agitaba de pies a cabeza. Miró a Naseru y parpadeó para deshacerse de las incómodas lágrimas que pugnaban por brotar de sus párpados-. Me he asustado -reconoció en voz baja-. Y no me ha gustado quedarme atrás -añadió suspirando-. Quizás hubiese sido un estorbo, pero...

-Gomen nasai -respondió Naseru en voz baja. Al contrario que ella, ya había superado la tensión y estaba relajado y centrado-. He sido egoísta al mantenerte en la retaguardia, pero no deseaba arriesgarte... no tan pronto.

-Soy bushi -dijo ella alzando la mirada del paciente.

-Y yo soy humano -en los labios del Emperador bailaba una sonrisa vacilante.
 
Kaneka no era un shugenja, pero recordaba las palabras proféticas de Sezaru. Él no les hubiese dado importancia y habría seguido adelante, pues perder el ahora por la amenaza de un futuro posible pero no inamovible le parecía absurdo. Sin embargo, Sezaru estaba loco, y siempre había vivido en sueños más que en el presente. No sería tan extraño que dejara escapar su vida por miedo a perder a su amor, lo cual como samurai era inadmisible. Pero si su competidor era Naseru...
 
Su hermano pequeño le había arrebatado el trono. ¿Le iba a arrebatar también su amada?
 
***

Junto al estanque, el Magistrado pelirrojo de extraños ojos amarillos contemplaba las aguas sin parpadear, siguiendo el movimiento de las carpas. Sunetra se sentó a su lado, silenciosa como una sombra. Él no dio más señal de haber percibido su presencia que un levísimo relajarse de sus hombros.
 

Si la Mano Oculta del Emperador estaba allí, es que éste estaba a salvo. De momento.

-Es el tercero este año -dijo él casi en un susurro.

-La seguridad era mejor en la Ciudad Imperial. Aquí estamos en terreno desconocido.

-Hai... -la miró a los ojos, asegurándose de que estaba bien. Por ese pequeño gesto supo ella que había estado muy preocupado por su seguridad. 

-No entré en el campo de batalla. Mi Señor me confió otra misión, igual de preciosa.

-¿Igual de preciosa que su vida? -el hombre arqueó ligeramente las cejas, con incredulidad.

-Para él, sí...

De nuevo los ojos amarillos la escrutaron, esta vez en busca de respuestas. Luego musitó en tono prácticamente imperceptible:

-Así que ya la tiene. A la elegida.

Sunetra miró al agua, sin decir más. No era necesario. 

Entre los dos esposos, a menudo sobraban las palabras.


Nota: Imagen extraída de la página http://www.taringa.net/posts/imagenes/9610189/Koi-Fish---Significado-Dibujos-y-Tatoo-s.html
La carpa simboliza el valor.

lunes, 11 de agosto de 2014

Primeras Impresiones XXXI

Kurako se dirigía al dôjo cuando casi se da de manos a boca con el General Hida Nakao en persona. Era éste un hombre enorme, fornido, lleno de cicatrices, con largos bigotes que caían luengos a ambos lados de una boca amplia y generosa. Con una fiereza inmensa propia de los guerreros del Muro, le hizo sin embargo una inclinación y le pidió disculpas.

-Iie -respondió ella con una leve sonrisa. No sabía el porqué, pero le simpatizaba aquel inmenso hombretón de modales poco elaborados y brusca amabilidad. Quizás por la forma inconsciente en que había insultado a la sensual y retorcida Candidata Escorpión; aquello había hecho que a la León le gustara instintivamente-. Yo iba distraída, General. Aceptad mis disculpas.

-¿La perfección pide disculpas al tosco muro? Amateratsu velará sus ojos ante tamaño sinsentido -sonrió él levemente.

-El muro es grande y fuerte, y detiene al enemigo -repuso ella devolviéndole la sonrisa con más sinceridad de la que ella misma esperaba-. Y yo no soy la perfección. Gracias por el cumplido, General Nakao...

Él se iluminó como un niño ante un regalo inesperado, y ella tuvo que contener su regocijo, un regocijo natural e inesperado. Llevaba demasiados días enfuruñada, se percató, incluso algo deprimida por la falta de atención del Emperador. Sintió algo de alivio teñido de agradecimiento por poder escapar de aquel estado de ánimo. Miró atentamente al general Cangrejo, pensando que a su padre le gustaría que trabara amistad con un hombre de carrera tan admirable como él.

Tras ellos, pasó dando tumbos Komori Tanaka, demudado y blanco como la cal. Kurako se giró para verle pasar, y se llevó una mano a la boca: el maduro Murciélago tenía los ojos perdidos de alguien seminconsciente. Tropezó y cayó al suelo.

-¿No es el acompañante de la Candidata Murciélago? -musitó la joven Akodo, para sí. Se inclinó hacia él. No estaba herido, y sin embargo parecía sufrir algún tipo de ataque, temblando espasmódicamente.

-¡No lo toquéis! -le advirtió el General. Ella le dedicó una mirada de enojo.

-Onegai -dijo cortante-. No soy estúpida. No iba a tocar a un posible enfermo, no antes de que un sanador...

-Iie. Iie, onegai... -la voz del Komori sonó entrecortada, casi como si se ahogara-. Onegai, estoy... estoy bien. No es nada, sólo... Estoy bien. Arigatô, Akodo-sama, Hida-sama... Onegai, dejad que... ya estoy bien -se puso en pie con dificultades, trastabillando, pero decidido. Aquella espantosa palidez había remitido ligeramente, y parecía capaz de fijar la mirada en sus dos interlocutores, aunque no parecía estar en plena posesión de sus facultades.

El Cangrejo y la León se miraron, y luego ella preguntó gentilmente:

-¿Estáis seguro...? No parecéis...

-Estoy bien -repitió él, tozudo-. Onegai, no permitáis que mi malestar os impida seguir vuestras rutinas. Sólo ha sido un vahído. Descansaré y en unas horas estaré mejor. Os agradezco vuestra preocupación -hizo una rápida pero profunda reverencia antes de alejarse, inseguro pero rápido sobre sus piernas.

Kurako bufó.

-¡Clanes Menores! Sólo traen problemas -musitó, enfadada.

***
El paso del Shogun al volver a las estancias del Emperador fue lento, casi arrastrado. Se preguntaba qué había retenido a Naseru tanto tiempo; casi había aparecido al final del breve pero sangriento encuentro. Por poco no había llegado, cosa que podría haber desequilibrado el encuentro a favor de los atacantes. Ahora, afortunadamente, nada tenían que temer. Los discretos Eta retiraban los cuerpos que un Magistrado de confianza revisaría junto con Sezaru.
 
No era habitual en el más joven de los hermanos llegar tarde.
 
-¿Se puede saber qué ha pasado? -le dijo, frunciendo tormentosamente el ceño. Aunque Naseru y Kaneka se habían reconciliado tras la muerte de Tsudao, no por ello era todo miel sobre hojuelas entre ambos.
 
-Estaba en mi jardín privado. Di orden de no ser molestado, y hasta que no me llegó el aviso de Sunetra no supe del ataque -repuso fríamente Toturi III.
 
Sunetra... la guardaespaldas Escorpión del Emperador. Ahora que se fijaba, no había estado presente durante el altercado, lo cual en sí era una rareza. Naseru siempre era precavido, pues aunque era también bushi, el hecho de que su entrenamiento principal fuese como cortesano suponía una relativa desventaja ante situaciones bélicas. Kaneka iba a decir algo, cuando otro hecho le sorprendió. Al abrir las puertas, se encontró con nada más y nada menos que Usagi Makoto. Vestía tan solo un sencillo yukata de algodón de color jade, como recién salida de los baños imperiales y la preocupación nublaba sus expresivos ojos castaños. Hizo una reverencia ante Naseru, y luego miró a Kaneka.

-¿Kaneka-sama? -preguntó ella, como si fuese extraño verle en las habitaciones de su propio hermano. Luego volvió la mirada hacia Naseru, que lucía un feo corte en la cara-. Oh, Kamis. Hay que llamar a Sezaru-sama...

-Estoy aquí -Sezaru entró y la joven se apartó para permitirle situarse junto a Naseru y curarle. Kaneka sintió que las palabras se le atascaban en la garganta mirando a la muchacha, que aparte de lucir un aspecto realmente hogareño, era una visión totalmente asombrosa. Sin embargo, ni el Emperador ni su Voz parecían particularmente sorprendidos. El Lobo murmuró algo y una cálida y curativa luz brilló en sus manos, cerrando la herida de Naseru. Si no hubiese sido porque por conveniencia les interesaba conservar en secreto el ataque, tal vez no hubiesen curado aquel corte, que era más escandaloso que realmente peligroso. Kaneka esperó su turno. Dos flechazos en hombro y espalda le restaban movilidad en el brazo. El Shugenja no malgastó mucho tiempo y fue efectivo y rápido.

Y Makoto no era una visión suya. Kaneka volvió a mirarla, frotándose los ojos. Nada. Seguía allí, con gesto preocupado.

-¿Sezaru-sama..? -musitó la joven, y se precipitó hacia él.

El Shugenja se había apoyado en la pared, y se había ido deslizando lentamente hasta el suelo. Un rastro de sangre dejaba claro por qué estaba perdiendo sus fuerzas.

Habían herido al imbécil, y no les había dicho nada, ni siquiera había pensado en curarse.

-¡Kaneka-chan! -la Usagi volvió su rostro angustiado hacia él-. ¡Busca a un sanador, onegai...!

El Shogun no se hizo rogar y salió corriendo. Los interrogantes podían esperar a más tarde.

El sonido de la máscara de Sezaru al rodar por el suelo, caída, puso alas en sus pies.

martes, 10 de diciembre de 2013

Primeras Impresiones XXX

Mujer ninja

Makoto no dudó en interponerse entre la ninja que había aparecido y el Emperador, ya que sus armas reposaban en sus habitaciones. No podía visitar al Hijo del Cielo armada, así que le había encargado a Ai que las puliera. Ahora lamentaba no tenerlas consigo, ya que sólo su cuerpo desnudo hacía de barrera entre la recién llegada amenaza y el señor de Rokugán.

-Qué molestia... -musitó Naseru, colocando sus manos en los hombros de la bushi-. Tranquila, Makoto. 

-Mi señor Naseru-sama -la mujer, de la cuál sólo se distinguían los ojos claros, habló con voz profunda-. Lamento interrumpiros -hizo una reverencia-, pero tenemos intrusos. Sezaru-sama y Kaneka-sama se ocupan ahora mismo de ellos, pero creo que deberíais acudir, mi Emperador.

-Quédate aquí, Makoto -dijo él en tono que no admitía réplica, saliendo del agua y yendo a por sus ropas. La joven Liebre le miró, sintiéndose algo marginada pero incapaz de contravenir una orden directa del que, momento de pasión aparte, era y seguía siendo su señor supremo. Asintió, mientras Naseru se volvía hacia la mujer desconocida-. Cuida de ella -añadió el hombre en el mismo tono autoritario.

-Hai, Naseru-sama -respondió ella, inclinando la cabeza en gesto de aquiescencia. Makoto abrió la boca para protestar, para pedirle que se fuera con la mujer al menos... pero recordó que él era un bushi también, que tenía derecho a distribuír sus fuerzas como mejor le pareciera, y cerró los labios. Negó ligeramente con la cabeza y le miró.

-Estaré esperando -dijo Makoto, deseando que su tono reflejara únicamente confianza. Miró a Naseru mientras se vestía rápidamente y salía, armas desenvainadas, tras echarle un último vistazo a la joven Liebre.

***

Yori había creído firmemente en sus palabras. Cuando había hablado de sacrificio y de eliminar a los corruptos, había hablado completamente en serio. Eso hacía la derrota tanto más amarga, pues era indudable que les estaban derrotando.

Kaneka era un guerrero temible, que pese a varias heridas permanecía en pie batallando, rodeado de muertos. Sezaru, con su increíble aura de poder, debería haber sido derribado por uno de los infiltrados, pero pese a todo seguía de pie, y Yori era lo bastante inteligente como para darse cuenta de que no estaba a la altura de semejante enemigo en cuanto a magia se refiere. Los suyos estaban cayendo, y sólo quedaba esperar que pudieran agotarles lo suficiente como para acabar con ellos, ni que fuera debilitarlos para otro ataque.

Pero entonces apareció Naseru, y la balanza se inclinó definitivamente a favor de los defensores.

Nunca hubiese creído que la desesperación pudiese hacer mella en él, y sin embargo, a medida que sus compañeros caían, que los tres hombres a los que habían querido eliminar permanecían obstinadamente en pie, Yori comprendió que no había la menor esperanza de vencer aquella trifulca. Atacó al mismísimo Naseru, sabiendo que el Emperador no era tan buen guerrero como Kaneka, ni un poderoso hechicero como Sezaru; pero los tres hermanos parecían leerse el pensamiento unos a otros, cubriéndose las espaldas, actuando con una coordinación que ni siquiera sus leales tropas tenían.

¿Tanto habían cambiado las cosas en unos meses, que ahora aquellos que habían luchado a muerte entre sí podían atacar como si fuesen tres cabezas en un solo cuerpo? ¿O había sido la larga guerra civil, previendo los movimientos de los otros, lo que les había llevado a conocerse tan bien?

No tenía respuesta para ello.

Amargamente, comprendió que cualquier posibilidad de vencer se había desvanecido en el momento en que les habían descubierto. Sin el anonimato y la posibilidad de atacar por sorpresa, eran poco menos que carne muerta ante las espadas y la magia de los hijos de Toturi. La justicia, hoy, no miraba por sus elegidos, sino que vencería una vez más el orden establecido, erroneo y arbitrario.

Pero una cosa sí podía hacer.

Levantó su ninja-to y se lo puso sobre el rostro cubierto, que no había mostrado a sus enemigos.

"No obtendréis nada de mí. No traicionaré a los míos, ni siquiera con la muerte".

Y se rebanó el rostro.


Nota: Imagen extraída del foro http://www.abovetopsecret.com/forum/thread822542/pg1
No se pretende infringir ningún derecho.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Primeras Impresiones XXIX


Yacían uno en brazos del otro, con la caricia del sol cada vez más bajo sobre la piel como única vestidura. Él le acariciaba lentamente el cabello, conmovido, mientras ella miraba a lo lejos con una expresión de paz total. Ninguno de los dos estaba planteándose todavía las consecuencias de sus actos. Se besaron con suavidad, perezosamente, disfrutando el momento.

Lentamente la cordura volvió, sin embargo, y Makoto empezó a ser consciente de lo que había hecho, y con quién.

-¿Qué vamos a hacer? -preguntó a Naseru. Aún llevaba puesta la corona de él, y su parche. El banco de piedra bajo ella transmitía algo de frío a través de las cálidas ropas imperiales sobre las que habían hecho el amor.

-Deberíamos hacer lo correcto... si quieres -él tocó con suavidad la corona dorada sobre los cabellos negros de la bushi. Ella le miró, y se quedó petrificada-.  ¿Makoto...?

-Sezaru-sama. Esto es lo que él... -sintió un acceso de pánico y horror. Luego volvió a posar la mirada en Naseru, y de repente fue tranquilizándose, poco a poco-. No puedo -dijo en voz muy baja.

-¿No puedes...?

-No puedo casarme contigo -susurró ella-. Te quiero...

-Y yo a ti -el Emperador sonrió, sin petulancia o engreimiento esta vez.

-No sé cómo ha sido. No sé cómo hemos llegado a esto, pero lo cierto es que te quiero. Pero si me caso contigo, tendré que ser la Emperatriz, y la Emperatriz no puede traicionar al Emperador de ninguna manera. Tendría que dejar de ver a Sezaru-sama por completo, y le rompería el corazón. No puedo ser feliz a costa suya -se mordió el labio inferior, con angustia.

-¿Irás con él, entonces? -Naseru sintió que se le encogía el corazón, pero estaba dispuesto a aceptar aquello, si era lo que tenía que ser. Había tenido más, mucho más de lo que había esperado. Ella le amaba. Podía renunciar a ella, sabiéndolo... ¿verdad?

-No -los ojos de Makoto se llenaron de lágrimas-. No puedo ser feliz con él y dejarte solo con tu tristeza, ahora que sé... -tragó saliva.

-¿Pero tampoco te casarás conmigo? -musitó el Emperador, desconcertado.

-No me casaré con ninguno de los dos. No puedo -la joven Liebre agitó la cabeza, ahogándose un poco.

-Makoto, yo... -le cogió las manos-. Tengo que hablar con él. Encontraremos una solución, pero prométeme que no harás ninguna estupidez.

-¿Como qué, como enamorarme de dos hombres a la vez...?

-Yo que sé... salir huyendo o... no sé -la idea, horrible por cierto, de que ella quisiera hacerse el sepukku debido a lo ocurrido entre ellos aquella tarde, le dejó helado. La muerte era la forma más habitual en que un samurai limpiaba su honor y volvía a la Rueda, a fin de cuentas, y Makoto le había demostrado que se tomaba sus deberes muy en serio. Sólo esperaba que ella no se planteara algo así, que su deber hacia el Emperador incluyera no romperle el corazón de aquella forma-. Y no te enamores de nadie más, ¿neh...? -finalizó, intentando bromear para aligerar el miedo que de repente había sentido.

-Te lo prometo, no saldré huyendo -ella sonrió un poco, abrazándose a él y acariciándole las mejillas-. Está refrescando... deberíamos ponernos decentes -miró el kimono color jade con cierto apuro.

-Mejor no te lo pongas, está lleno de... -no finalizó la frase, pero se rió. Ella se sonrojó, y él no pudo contenerse y la besó de nuevo, porque con la luz del atardecer en su cabello y el brillo rojizo en su rostro estaba más encantadora que nunca-. Ven... mis baños privados están por aquí.

-Hai... -Makoto se mostró dócil, dejándose guiar. El recinto resultó ser más íntimo de lo que la bushi esperaba, pequeño pero espectacular a un tiempo, aprovechando la propia orografía del terreno para crear un pequeño cubículo techado, humilde, pero que daba a unas vistas fabulosas. El que el agua caliente se mantuviera así por obra de la naturaleza o por la de criados era imposible de decir, aunque la joven se inclinaba más por lo segundo. No recordaba que hubiese fuentes termales naturales en el palacio. Y sin embargo, el cuidado con el que se había creado aquel espacio hacía que resultara absolutamente irregular y perfecto, como si alguien hubiese robado un espacio abierto y lo hubiese colocado en medio de aquel lugar. Quien había diseñado aquel sitio era un auténtico genio.

La joven se sumergió en el agua perfumada, mirando a Naseru que la contemplaba a ella a su vez, como si fuera un enigma complejo. No se consideraba nada de eso, así que no comprendía muy bien cómo podía resultarle misteriosa a alguien tan tortuoso y con tantas facetas como aquel caprichoso Emperador. Entonces vio la sangre.

-¿Estás herido? -musitó, alarmada. Él bajó la mirada.

-Ah... no. Es tuya. Las mujeres, la primera vez -su sonrisa era la del gato al que han dado un plato de crema particularmente sabroso-, sangran. ¿No notaste un dolor...?

-Sólo al principio -admitió la muchacha, sonrojándose. Naseru se rió ligeramente, halagado.

-Es normal, aunque si quieres puedo llamar a mi... -se cortó en seco. Makoto arqueó una ceja, y él siguió diciendo-. Iba a decir a mi sanador personal... pero no creo que sea buena idea ahora mismo.

Makoto adivinó de quién se trataba, y asintió ligeramente.

-¿Sabes? Debería estar enfadado contigo -comentó él mientras le frotaba la espalda, con esmero-. Primero, juegas con mis sentimientos poniéndome celoso al preferir cenar con mi hermano que conmigo, y ahora me das calabazas... Soy el regalo del Tengoku a la tierra... ¡Deberías desmayarte por los pasillos!

-Te aburrirías enseguida -respondió ella riendo-. Así que... me prohibiste cenar con Sezaru-sama porque estabas celoso -se mordió el labio inferior, pensativa-. Pero... apenas habíamos hablado en aquel momento -musitó, desconcertada.

-Me llamaste la atención -ahora, Naseru podía admitir que así había sido desde el principio, aunque no se hubiese sido hasta después de sacar a la muchacha del agua, completamente borracha, que se percatara de lo que realmente sentía-. Me miraste... directamente, a mí, no al Emperador, como si fuese normal. 

-¿Cometo una descortesía y te llamé la atención...?

-Dicho así... sí. Maleducada -ambos rieron esta vez. Estaban así, relajados y conversando, cuando una figura oscura vestida de ninja bajó de un salto de techo.

***

Sezaru y Kaneka entraron velozmente en la residencia Imperial, acompañados de guardias Seppun de confianza absoluta. Al Shugenja no le sorprendió en exceso encontrarse rodeado de criados, que le miraron un instante con asombro... y luego sacaron las armas.

Obviamente, sabían que habían sido sorprendidos, y no les importaba mucho intentar acabar con el resto de la familia imperial antes de enfrentarse a Toturi III.

Kaneka cargó con los guardias, blandiendo su katana en un silencio más feroz que cualquier grito de batalla. La discreción era una meta tan importante como la victoria, ya que no debía correrse la voz de que las defensas del Emperador habían fallado. Un atentado así debía ser oculto. Los enemigos no parecieron ser contrarios a esta táctica, ya que se movieron con la agilidad y coordinación de asesinos cuidadosos y profesionales. Ninja, pensó Sezaru, invocando el fuego que ardía en su alma, el fuego sagrado de los Kamis con los que siempre había sentido la más intensa conexión.

"Sóis demasiado travieso para compararos con el aire". "¿Fuego entonces...?" Las palabras intercambiadas con Makoto le volvieron a la memoria mientras el aire se llenaba de rastros ígneos y atacantes fulminados. Una sonrisa extraña le iluminó los rasgos mientras combatía, su magia tan certera y mortal como la hoja del Shogun que se abatía sobre los infiltrados. Kamis, ella había intuído su verdadera naturaleza, equilibrada entre el Vacío y el Fuego más salvaje pese a la amabilidad que siempre le había mostrado. Se preguntaba ahora si esa gentileza suya no era más que otra máscara, así como el Nemuranai que había heredado de su madre era su rostro en batalla. Sezaru, el Lobo. No podía ignorar la voz que había en su interior y que deseaba la destrucción tanto como su más sofisticado alter ego deseaba la paz.

Tal vez Kaneka tuviese razón. Tal vez estaba loco.

En todo caso, era la Voz del Emperador, y tan protector de éste como el propio Shogun. Las flechas llovieron sobre ellos. Sezaru las hizo arder con un muro de fuego.

¿Cómo iban a justificar luego los desgastes en el bello jardín? Aquella duda era algo distante, como tantos pensamientos parasitarios que llenaban su mente cuando más centrado estaba con su lado destructivo. En momentos como aquel era más consciente que nunca de su doble naturaleza, de su doble identidad, casi. Notó un golpe en la espalda. Uno de los atacantes se había quedado rezagado y le atacaba donde el muro de fuego no podía protegerle. Hizo arder su ninja-to. El hombre gritó de dolor al fundirse el metal en su mano.

¿Dónde estaba Naseru?