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viernes, 8 de abril de 2016

Primeras impresiones XXXVII


La joven Usagi paseaba por los jardines a los que daban sus estancias, rumiando sus pensamientos. Había algo que no le cuadraba, y eso la atormentaba, porque realmente no sabía qué era. Como esos sueños de madrugada que te torturan y luego olvidas, pero te dejan una sensación de desasosiego, una fea intuición le martilleaba las sienes sin materializarse de una forma u otra.

Ver a Ide Kotetsu paseando con un niño a su lado, que no debía tener más de unos cinco años, fue una distracción bienvenida. Makoto miró con curiosidad al niño que acompañaba a Kotetsu. No le había visto nunca, de eso estaba segura. Era guapo, limpio, de hinchados carrillos, con el pelo cortado al estilo tazón de forma poco habitual entre los Unicornio, dados a los trenzados y los peinados elaborados. No debía tener más de siete u ocho años, y tenía los ojos más negros que hubiese visto nunca. Miraba con una seriedad extrema y una tranquilidad que contradecía su corta edad.

-Makoto-san -le saludó la cortesana Unicornio con una cálida sonrisa-. Creo que no conoces a mi hijo… Ryu-kun, saluda a Usagi-san.

El niño le dedicó una reverencia más que pasable, que hizo que la joven Liebre se sonriera diciéndose que sin duda sabía más de modales que ella a su edad.

-Encantado de conocerte, Usagi-sama -dijo el pequeño muy serio.

-Encantada de conocerte, Ryu-kun -respondió ella igualmente cortés, para luego alargar la mano impulsivamente para revolverle el cabello liso y suave. Él aguantó el trato estoicamente, para luego sonreír con súbita picardía.

-Eres muy guapa -le dijo con sus ojos grandes fijos en su cintura, más que en su rostro.

-Gracias.

-Y tu hija también va a ser muy guapa. Cuando sea mayor, me casaré con ella.

-¿Go... gomen nasai...? -exclamó Makoto poniéndose como la grana. Kotetsu, igualmente acalorada, riñó a su hijo por decir inconveniencias.

-Pero si es verdad...

-Discúlpale, Makoto-san... Ha pasado unos meses con su padre y al parecer ha perdido los modales en el proceso -musitó la Unicornio avergonzada.

-Su pa... ¿Mirumoto Shirigo-sama? -la joven estuvo a punto de preguntar algo más, pero luego recordó los comentarios desatados por las puertas cerradas de la cortesana y volvió a sonrojarse. Ambas mujeres quedaron unos instantes en silencio, y luego, de mutuo acuerdo, empezaron a hablar de otras cosas, acaloradamente.

---

La habitación estaba en penumbra, y el vapor del té flotaba en el aire perfumando con suaves vahos el aroma de la madera vieja bien encerada. Para el Campeón Shiba, en cierta manera, todo aquello era joven, mucho más joven que él. Era Shiba Dorayo, pero también cada Campeón que hubiera con anterioridad a él mismo. Por contraste, la antigüedad de la sobria estancia parecía falsa y estridente.

O quizás fuese él mismo quien se sentía falso y estridente, ante su sobrino Mirumoto Shirigo, una de las pocas almas en vida que tal vez fuese casi tan vieja como la suya propia. Un poco más joven, ya que no era el propio Togashi, pero no mucho más. A fin de cuentas, el Campeón Dragón era una de las criaturas más poderosas de la creación, y sus años no sólo eran los vividos en cuerpo mortal. Eran afines y similares, y al mismo tiempo muy distintos, ya que Dorayo vivía una nueva vida cada encarnación hasta que sumaba a su ser las vidas de los anteriores Campeones hasta el propio Shiba, mientras que Shirigo era parte del mismo tejido del Universo, un ser más allá de los años y de las atribulaciones de los simples mortales... en parte al menos.

Cuan poco apropiado que ambos se hubieran enamorado de una mortal. Cuan desafortunado que sintiesen atracción por la misma mujer. Cuan irónico y lamentable era el destino que les había enfrentado...

-Tarde o temprano ella marchará de nuevo, tío. Tal es el destino de todas las cosas -musitó Shirigo, como si le hubiera estado leyendo el pensamiento.

-Así es -suspiró él.

-¿Y tú...?

Dorayo se quedó pensativo mirando los intricados diseños que la niebla tejía a su alrededor antes de contestar.

-Yo también marcharé. En parte.

-Y yo me quedaré solo. Como siempre -suspiró el Dragón. Había un dolor terrible en sus palabras, pronunciadas con resignación. Los dos eran viejos, pero Dorayo, aparentemente mayor, era en parte el más joven pues cada encarnación era en realidad una nueva persona que se sumaba a todos los Campeones anteriores. Y no obstante, seguían siendo Shiba y su sobrino el Dragón hijo de Togashi... Y seguían siendo los únicos que, al menos en parte, podían comprender lo amarga que podía ser la inmortalida. Era ese ligamen el que había evitado, en cada enfrentamiento, que ninguno de los dos llamara a fuerzas mayores de las que podían sujetar. Todo aquello parecía, ahora, una inmensa pérdida de tiempo.

-Tendrás a tu hijo. Y me tendrás a mí también, de alguna manera. No hemos dejado de ser amigos, ni familia... ¿Me equivoco? -respondió el Shiba. Para él, que Kotetsu marchara era parte del ciclo. Él la amaba ahora, pero cuando muriera, él también podría hacerlo, y tal vez su próxima encarnación no la amara y pudiera vivir con el recuerdo. Pero Shirigo era distinto.

-No, no os equivocáis, tío, pero...

-Estaba pensando -musitó lentamente el Campeón Fénix- que mi sucesor podría ser diferente. Hay una joven, una muchacha muy prometedora. Una de sus hijas podría sucederme a mi muerte, si está a la altura de su madre.

Los ojos del Dragón se encendieron, y luego se llenaron de lágrimas.

-¿Lo harías?

-No es más que un cambio. El cambio es parte de la naturaleza de las cosas. El cambio es bueno.

El Dragón inclinó la cabeza. Podían ser parientes, pero incluso así el acto de llorar era demasiado íntimo y brutal para infligirlo sobre otra persona.

-Gracias, tío. Yo...

-No volverás a estar solo, viejo amigo.

Fuera, el viento soplaba jugando con las hojas caídas llenando el cielo de una nube rojiza y oro...

Nota: Imagen extraída de La vie en style, no se pretenden vulnerar derechos:
https://lvs.luxury/destination/japan/

sábado, 1 de noviembre de 2014

Primeras impresiones XXXVI



A Chagatai nunca le había gustado el Go, que le resultaba extraño y un tanto absurdo. A una persona tan dinámica como él, el tener detenidas las fichas de forma inamovible le resultaba ridículo, así que siempre había preferido el Shogi, con sus influencias extranjeras. Se pavoneaba de ser un gran jugador y, sobre todo -y medio en chanza-, de manejar como nadie los caballos. 
Sentado ante Kaneka, observaban los dos sus fichas con el ceño fruncido, meditabundos. En el campo de batalla ficticio del tablero, movían sus figuras con aire absorto. De esta forma liberaban su pensamiento de cualquier otra cosa que los turbara y, al menos en el caso del Campeón, aclaraban la mente. Sin embargo, hoy uno de los dos estaba algo distraído. El Shogun movió una ficha y se cruzó de brazos, rudo y desafiante.
-Kaneka-chan, si vas a jugar así llamaré a mi hijo de dos años para que te substituya -protestó medio en broma el Khan, haciendo un contramovimiento y comiéndose la ficha en cuestión-. ¿Se puede saber qué tienes en la cabeza? Porque no es la fina estrategia del Shogi, me temo...

-Tengo muchas preocupaciones -admitió el Bastardo.

-¿Y no las compartes conmigo, amigo mío?

-¿Me hablas tú de los asuntos secretos de tu Clan?

Chagatai rió, una risa baja, bronca y poderosa.

-Ah, Kaneka-chan... como siempre lo dices todo sin decir nada. Dime al menos que no tiene que ver con nuestra amiga común, la pequeña Makoto.

-Uhmpf -el gesto del más alto de los dos hombres se volvió sombrío y, extrañamente, protector como una tigresa con sus cachorros.

-Kamis. ¿Sezaru-sama...?

-¿Ése loco soñador? -gruñó Kaneka, agarrando una copita de sake y vaciándola de un trago-. Iie, pensaba que ellos dos... Pero no, es ese niño caprichoso de Naseru, que ha decidido que ella era de su gusto.

-Eso parecía desde el principio -señaló el Khan, apaciguador-. Las muestras de favor, el apartarla de su hermano durante las cenas, la forma en que...

-Kamis, eso podría haber sido un capricho cualquiera, otro más de nuestro amadísimo Emperador, joya del Tengoku, etc. -bufó Kaneka-. No, lo que me llamó la atención fue que cuando estuvísteis los dos borrachos -miró con reproche al Unicornio, que alzó las manos a la defensiva-, Naseru se mostró... no sé cómo decirlo. Se preocupó por ella, más que por las apariencias. La sacó él mismo del agua, y la llevó en persona de vuelta a su cuarto. Eso era poco propio de él, la verdad. Y ahora, al parecer tuvieron una entrevista personal y se volvió más personal de la cuenta.

El Khan parpadeó, olvidado por completo el tablero y el juego que en él se desarrollaba.

-Pero Makoto-chan...

-Es una jovencita impresionable, y Naseru es apuesto -dijo a regañadientes el Shogun-. Hay pocas mujeres con sangre en las venas que pudieran resistirse al Emperador cuando éste se muestra seductor. Pero no es sólo eso. He visto esa forma de mirarse antes, esa forma de compenetrarse y de complementar los caracteres -miró significativamente al Khan, que alzó las cejas.

-Osea que tu hermano el hechizado ha perdido la partida ante el pequeño, de nuevo...

-No estoy muy seguro -Kaneka torció el gesto-. Creo que ella siente algo por los dos.

-Oh, Kamis. ¿Como Ide Kotetsu-chan...?

El Shogun suspiró.

-Sólo pido a los Kamis que no llegue tan lejos como tu protegida, Chagatai-san. 

El Khan recordó la forma en que había tenido que impedir, físicamente, que la entonces joven Unicornio acabara con su vida honrosamente mediante seppuku, y se mordió el grueso y sensual labio inferior.

-Espero que no, aunque en el caso de Kotetsu-chan, una vez descubrió lo de Ryu-kun, fue fácil convencerla para que dejara de atentar contra ella misma por el bien de la vida que crecía en su interior, pero sin... -su voz se fue apagando a medida que veía la expresión cada vez más lúgubre de su interlocutor-. Por todos los caballos de la manada de Shinjo-sama. ¿Ella también? -se dio con la palma de la mano en la frente.

-Creo -respondio lentamente el Shogun- que se van a hacer aún más amigas, ahora que tienen todo eso en común. Y que los Kamis agarren confesados a aquellos que las disgusten a cualquiera de las dos... Ôte -anunció, colocando una ficha de forma que hacía jaque al rey de su contrincante.

Chagatai miró al tablero, sorprendido, y luego lanzó un ladrido seco de risa.

-¡Sabandija traicionera...! ¡Lo has hecho a posta para distraerme!

Kaneka sonrió y se sirvió más sake.



Nota: La imagen pertenece a su autor. No pretendemos vulnerar derechos. No puedo colgar el enlace a la página original porque no consigo acceder a ella...

Para más información sobre el Shogi podéis consultar la wikipedia:http://es.wikipedia.org/wiki/Sh%C5%8Dgi

sábado, 25 de octubre de 2014

Primeras Impresiones XXXV

La hora del desayuno era extrañamente relajada. Sezaru reponiéndose de su herida, Makoto sentada ante él y sirviéndole el té, y Naseru y Kaneka hablando en voz baja de las escasas pistas que poseían.

-Es como si hubiesen aparecido de la nada, como si hubiesen surgido de aquella espiral -explicó el Shogun con el ceño fruncido-. Había algunos que han sido reconocidos por algún sirviente, pero claro... pensaban que se trataba de otro criado, de otra familia invitada. El problema es que ha entrado demasiada gente a esta Corte a la vez, y la seguridad no ha sido tan cuidada como otras veces.

-En el Palacio era otra cosa -señaló Naseru, también ceñudo y sombrío, extrañamente parecido a su medio hermano en aquellos instantes-. Pero ahora, con la Corte establecida aquí, poco más se pudo hacer. Pero, ¿cuán sutiles fueron para irse introduciendo entre el servicio sin que nadie se percatara...?

-Un sirviente nuevo no llama mucho la atención. Se puede ir dando a conocer, y si luego éste reconoce a otro, todo el mundo pensará que llevaba tiempo ahí, y así se va haciendo cadena si se hace poco a poco -opinó Makoto mientras tendía la taza de té a Sezaru. Los tres hermanos la miraron un instante y luego asintieron, al unísono. Ella contuvo una sonrisa, preguntándose si se daban cuenta de cuánto se asemejaban ante una crisis.

-Es una interesante teoría. Podría ser la verdad -Kaneka estrechó la mirada-. Y los Imperiales, por ejemplo, ni miran al servicio. No se percatarían de que había ni uno ni cincuenta nuevos...

-Ciertamente es problemático. Pero es una costumbre tan aferrada que difícilmente podremos corregirla.

-Hai... Son así de relamidos -bufó Kaneka. Naseru lo miró con cierta censura, pero no dijo más-. Hay otra cosa que me llama la atención... algunos fueron reconocidos como miembros del servicio, pero luego está el asunto del que se rebanó la cara.

-¿Qué? -Makoto, que ignoraba tal acontecimiento, dio un respingo-. ¿Por qué?

-No lo sabemos -admitió el Shogun.

-Quizás -Naseru estrechó la mirada- era alguien de mayor relevancia, cuyo rostro pudiese poner en evidencia a la familia y quiso evitarles el deshonor. Habrá que vigilar si entre los notables hay alguna ausencia y, en caso de ser así, interrogar a sus familias.

-Ciertamente, si sintió la necesidad de mutilarse así, algo tenía que ocultar -asintió Kaneka.

-Hai... aunque me pregunto si sería realmente eso u otra cosa. Un muerto no tiene por qué temer que le reconozcan... -musitó Makoto, pensativa.

-Sí, si es alguien cuya deshonra afecta a más personas -contradijo el Bastardo. Naseru hizo un gesto de aquiescencia. Sezaru miró a la joven Liebre, y le preguntó con suavidad:

-¿Qué te inquieta, Makoto-san...?

-No lo sé -los ojos castaños de la muchacha se fijaron en los del Shugenja-. No lo sé, y eso es lo que me preocupa...

***

Otro tal vez no se hubiera fijado, pero Sezaru estaba acostumbrado a observar a la gente, a la forma en que los espírtus se curvaban a su alrededor. Tenía una afinidad natural con los kami, y en ocasiones hasta el toque de visión que tantas veces había conmocionado a su madre. Además, estaba acostumbrado a leer las expresiones de su reservado hermano menor, y estos días se había estado fijando en la muchacha lo suficiente como para percatarse de que rara vez ocultaba lo que sentía.

Para él era evidente que ambos estaban extrañamente calmados el uno junto al otro, que Makoto había sido completamente aceptada y absorbida por la familia. Naseru y Kaneka hablaban, y ella intervenía y era escuchada. Complementaba la conversación y hacía que los dos se distendieran, algo positivo ya que las tensiones entre ambos habían degenerado a menudo en conflicto cuando trabajaban juntos en otras ocasiones. La Usagi parecía ejercer de elemento pacificador sin que ninguno de los tres se diera cuenta, armonizando lo que de otra forma sería un encuentro útil, pero tenso.

Y aún más: Naseru y Makoto no se tocaban, pero intercambiaban miradas que hablaban de una compenetración absurdamente fácil entre el retorcido cortesano guerrero y la simple bushi. Se volvían el uno hacia el otro, complementaban sus pensamientos, había una chispa de complicidad incluso cuando ella le reñía por hacer algo indebido, algo que hubiese debido resultar incómodo o irrespetuoso, pero les hacía parecer perfectos el uno junto al otro. Al observar el futuro, Sezaru había visto esa perfección, y al hablar de la imposibilidad de lograr la mano de la muchacha, había generado una fisura en ella. Pues Makoto se volvía también hacia él, le amaba.

Estaba resplandeciente como nunca, pese a su evidente inquietud.

Siguiendo un impulso, alzó una mano y la puso sobre el viente de la joven, que le miró sorprendida pero no sobresaltada.

-No se puede sembrar sobre la cosecha ya germinada -decretó el Shugenja con los ojos en blanco. Todos se quedaron atónitos, sin comprender. Y entonces Sezaru pestañeó y se giró hacia Naseru-. ¡Si serás cerdo! 

Y le encajó un puñetazo en el ojo bueno.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Primeras impresiones XXXIV



Desde lo alto de la torre fortificada sólo se veía, como siempre, un mar en calma de un azul verdoso intenso como el que ninguna piedra preciosa podría llegar a mostrar, un cielo perfecto y severas montañas rocosas con lujuriante vegetación a sus pies. Era una imagen paradisíaca, pero que para ella representaba únicamente una cosa: que cierto Shugenja Mantis estaba volviendo a jugar con sus sueños, atrapándola en un reino onírico al que no sentía interés por ir.

Él estaba allí, en silencio, observándola con atención como si cada temblor de sus pestañas, cada respiración, cada álito silencioso que le acariciaba el cabello fuese esencial. Hoketuhime no sentía ningún deseo de hablar con aquel desconocido al que despreciaba y odiaba por sacarla de sus rutinas, y él parecía conformarse con mirarla sin más tras unos primeros intentos de sacarla de su mutismo.

La belleza natural del paisaje antinaturalmente soleado era como un bálsamo para los nervios de cualquiera; no para los suyos. Ella sabía que en la vida, lo hermoso no era necesariamente bueno. Se conocía profundamente a sí misma, herida y destruída más íntimamente de lo que nadie pudiera soportar tras su máscara de perfecta compostura. Tomándose de ejemplo, aquel panorama sobrecogedor no le producía inquietud siquiera, sólo el profundo deseo de no ceder.

-Amáis al Emperador.

Aquella declaración inesperada le hizo pestañear. Dudó un instante, con el rostro indiferente, antes de decir:

-Sí. Pero eso no es asunto vuestro.

Él se tensó y sus ojos verdemar se llenaron de chispas de ira.

-No, supongo que no.


***

El general Oni reunió a sus lugartenientes, chasqueando sus tentáculos de agua putrefacta, hirviendo hasta la sal marina de sus venas.

-Quiero que matéis al Emperador Toturi III. El que lo logre, conseguirá mi puesto.

Hubo una oleada de anticipación y luego todas aquellas bestias impensables se alejaron sobre sus profanas patas, apéndices o vientres viscosos. Sólo una quedó en silencio, mirándole con imposibles ojos aguamarina, del mismo tono exacto que los suyos. Su hija no se movió.

-Estás perdiendo el norte por una humana -dijo en voz profunda, sensual y exquisita como el sonido de las olas sobre la playa, e igualmente irresistible para otros.

-¿Hablas por experiencia, hija?

Ella achicó los ojos y volvió el rostro pálido, con la cortina de cabellos azules cubriéndola como una cortina.

-Al menos -respondió sibilante-, yo tengo un contrato.



Notas: Imagen sacada de http://www.fotosoimagenes.com/2715/imagenes-de-playas-paradisiacas/playa-paradisiaca-5/
Todos los derechos pertenecen a su autor. No se pretende infringir ningún copyright.

jueves, 21 de agosto de 2014

Primeras impresiones XXXIII



La luz de una vela trajo de vuelta su consciencia, o al menos eso le pareció. ¿Cuánto llevaba inconsciente? Makoto estaba sentada a su lado, mirándole con preocupación. Por un momento, creyó que soñaba. ¿Dónde estaba Naseru?

-Naseru-san ha ido a cenar con la corte -dijo ella como si le leyera el pensamiento-. No puede faltar a sus deberes o podría generar comentarios, y me ha insistido mucho en la necesidad de mantener vuestro incidente en secreto...

-Uhm... -la notaba tensa, descontenta. Sus siguientes palabras, aunque dichas en voz baja, fueron aclaratorias:

-Me habéis asustado.

-No era... mi intención -musitó él.

-No vuelvas a hacerlo, onegai -la voz de ella era casi un susurro.

-Creo que no podré venir al próximo desayuno tampoco -intentó bromear él.

-Entonces vendré yo a desayunar con vos. Alguien tiene que evitar que hagáis tonterías...

-Yo no hago tonterías.

Ella enarcó una ceja, y luego comentó como quien no quiere la cosa:

-Naseru-san estaba muerto de preocupación. Al parecer le dijísteis a él y a Kaneka-chan que no estábais herido.

-Yo no creía... 

-Casi faltáis a vuestra palabra y me dejáis sola.

-Lances del combate, no lo tenía planeado -protestó él. Ella le miró con sus ojos grandes, castaños y sinceros, y él se quedó sin habla unos instantes-. No me crees...

-No avisásteis a nadie de que estábais herido, Sezaru-sama.

-No dolía, no pensé que fuera tan grave -mientras se defendía, él empezó a replantearse la situación. ¿Había sido realmente así? ¿No había sentido nada cuando le apuñalaron? ¿Por qué no prestó atención a una posible herida? Entonces se percató de un detalle que había pasado por alto debido a la concentración en el combate, y posteriormente en la curación de sus hermanos-. Estabas aquí.

-Me ha pedido que sea su esposa -respondió ella suspirando.

-¿Por qué? -no pudo evitar preguntar él, sintiendo una nueva angustia. El dolor de su corazón superó con mucho al de su herida, y de repente se dio cuenta de que realmente no le hubiera importado morir en la batalla, faltando a su deber como Voz del Emperador y protector de Rokugan. Hubiese hecho cualquier cosa por escapar de aquella agonía, incluso provocar un nuevo desespero a Naseru o huir de sus obligaciones. 

-Porque me ama...

-¿Y tú a él?

-He declinado -dijo la Usagi, aunque el mero hecho de que no respondiera directamente a su pregunta le dijo a Sezaru cuanto necesitaba saber. De nuevo ella le miró a los ojos-. Porque os amo.

Y el Lobo se quedó sin palabras.

***
La cena había sido tranquila. Hoketuhime agradecía la ausencia de Candidatas en ellas, ya que le permitía un descanso, ni que fuera ilusorio, de los terribles celos que la acosaban constantemente. La Candidata León que hablara de ella con desprecio, la Candidata Escorpión con sus seductores hombros desnudos, la Candidata Grulla de rostro encantador cuyas pecas resaltaban aún más la perfección del resto de sus rasgos... El no verlas ni sufrirlas era un alivio inmenso. Sin embargo, como buena conocedora de su Emperador, había notado que éste estaba ligeramente ausente. Sus modales habían sido más reposados, su único ojo negro se había posado gravemente sobre los comensales mientras se intercambiaban chismes políticos, y en general su aire había sido digno, honorable y severo. En exceso, incluso. Ella sabía muy bien cómo era su Señor y aquel cambio insinuaba que algo había ocurrido que le perturbaba profundamente. Unas cuantas pesquisas discretas le habían hecho saber que Sezaru-sama no había sido visto por ningún lado aunque su presencia en la cena se había dado por descontada. Kaneka-sama, sin embargo, no había mostrado variaciones en su rutina, así que podía intuir que no había pasado nada realmente realmente peligroso.
 
Se preguntaba si tendría algo que ver con el hecho de que la Candidata de la Liebre no hubiera estado presente tampoco. Ese pensamiento le provocó una sonrisa incrédula en su mente, que no se reflejó en su rostro: era bastante incongruente imaginarse al avejentado Lobo huyendo en la noche con una muchacha, y menos con una cuya mano, si lo deseara, fuera tan fácil de obtener. Él había demostrado interés, devaluándose al ofrecer sus atenciones a una jovencita de estatus. ¿Qué familia de un Clan Menor pondría pegas a un pretendiente tan ilustre?
 
A menos que otro pretendiente de mayor alcurnia hiciera una propuesta...
 
Hoketuhime sintió un ligero desasosiego ante aquella idea insidiosa. Pero no, no era posible. Nadie tenía mayor rango que la Voz del Emperador, salvo el propio Emperador.
 
Ahora sólo quedaba el repaso de los eventos para el día siguiente y podría retirarse a reposar. Aquel era un momento único, especial, que ambos compartían. Ella lo atesoraba, aunque sabía que él no. Repasaron los actos públicos, las figuras de la Corte que debían asistir, las invitaciones a enviar, los detalles de los que la Daimyo debía ocuparse. Y entonces Naseru dijo aquellas palabras que fueron como puñaladas:
 
-Invita a la cena de mañana a las Candidatas de los Clanes Menores.
 
Hoketuhime no parpadeó siquiera ante aquella petición inusual.
 
-¿A las de los Clanes Menores, mi Señor?
 
-Hai.
 
-¿Y a las de los Clanes Mayores?
 
-No es necesario.
 
Hoketuhime sintió cómo su corazón se rompía, pues intuía vagamente el porqué de aquel honor. Había estado jugueteando con la idea de que cierta Candidata pudiera atraerse atenciones a las que no parecía propio que aspirara. Y sin embargo...
 
Aquella noche, la Daimyo se quedó sola en su cuarto, apagó todas las velas y lámparas y, ataviada tan sólo con su ropa de dormir, se sentó junto a la ventana con el cabello suelto y contempló el paisaje nocturno en el que no se movía ni una hoja.
 
Ni una sola lágrima cayó por sus mejillas.

Nota: Mi más sentido agradecimiento a Morweris por ayudarme con la imagen, ya que mi portátil ha muerto y mi Photoshop con él xD

martes, 12 de agosto de 2014

Primeras Impresiones XXXII


-¡Será baka...! -Naseru maldijo. Makoto negó con la cabeza.

-No es momento de maldecir -la joven Usagi parecía tranquila y fría, aunque por dentro le devoraban los nervios. El Emperador, por el contrario, estaba demudado: una hermana muerta ya había sido suficiente. Levantó en brazos a Sezaru, buscando la herida. Fue ella quien la vio primero-. Le han apuñalado por la espalda.

-Baka.... -susurró él, angustiado.

-Ssssssh.... Ahora no, cuando esté bien -le tocó la mano, tranquilizadora. Ninguno de los dos se sintió extraño por ello, pero aquel gesto familia y afectuoso sí chocó a Kaneka cuando llegó con un sanador Fénix.

El Shogun los observó a ambos mientras centraban su atención en el herido, tendido ahora sobre un futón. Estaban muy juntos, Naseru con la mirada fija en su hermano herido, con una expresión que el Bastardo reconoció. Estaba aterrado ante la perspectiva de perder a otro miembro de su familia. Makoto aparentaba serenidad, pero sus ojos revelaban que tampoco estaba segura. No obstante, esperó al veredicto del sanador antes de sucumbir finalmente a sus nervios.

-Se recuperará, pero necesita reposo -musitó el Fénix, sin que en sus rasgos se transparentara nada excepto desaprobación por el estado en el que se encontraba Sezaru. Ni siquiera el que la joven Liebre estuviera ahí, con el Nemuranai del Lobo en el regazo, le hizo levantar una ceja-. No dejen que haga esfuerzos hasta que la herida se cierre.

Makoto asintió, temiendo que si intentaba hablar en aquel instante no le saldría la voz. Una vez finalizado el examen, el hombre se levantó y salió, acompañado del Shogun que le recordó la necesidad de discreción en aquel tema. La preocupación le hizo ser algo menos delicado de la cuenta, ya que el Fénix se marchó algo ofendido y bastante asustado. Cuando volvió a entrar, se encontró con que la muchacha acariciaba lentamente el cabello blanco de Sezaru, mientras vigilaba su respiración.

-Se pondrá bien -dijo Naseru, mirándola a ella ahora.

-Hai... -repuso Makoto, que al pasar lo peor parecía haber dado rienda suelta a un ligero temblor que la agitaba de pies a cabeza. Miró a Naseru y parpadeó para deshacerse de las incómodas lágrimas que pugnaban por brotar de sus párpados-. Me he asustado -reconoció en voz baja-. Y no me ha gustado quedarme atrás -añadió suspirando-. Quizás hubiese sido un estorbo, pero...

-Gomen nasai -respondió Naseru en voz baja. Al contrario que ella, ya había superado la tensión y estaba relajado y centrado-. He sido egoísta al mantenerte en la retaguardia, pero no deseaba arriesgarte... no tan pronto.

-Soy bushi -dijo ella alzando la mirada del paciente.

-Y yo soy humano -en los labios del Emperador bailaba una sonrisa vacilante.
 
Kaneka no era un shugenja, pero recordaba las palabras proféticas de Sezaru. Él no les hubiese dado importancia y habría seguido adelante, pues perder el ahora por la amenaza de un futuro posible pero no inamovible le parecía absurdo. Sin embargo, Sezaru estaba loco, y siempre había vivido en sueños más que en el presente. No sería tan extraño que dejara escapar su vida por miedo a perder a su amor, lo cual como samurai era inadmisible. Pero si su competidor era Naseru...
 
Su hermano pequeño le había arrebatado el trono. ¿Le iba a arrebatar también su amada?
 
***

Junto al estanque, el Magistrado pelirrojo de extraños ojos amarillos contemplaba las aguas sin parpadear, siguiendo el movimiento de las carpas. Sunetra se sentó a su lado, silenciosa como una sombra. Él no dio más señal de haber percibido su presencia que un levísimo relajarse de sus hombros.
 

Si la Mano Oculta del Emperador estaba allí, es que éste estaba a salvo. De momento.

-Es el tercero este año -dijo él casi en un susurro.

-La seguridad era mejor en la Ciudad Imperial. Aquí estamos en terreno desconocido.

-Hai... -la miró a los ojos, asegurándose de que estaba bien. Por ese pequeño gesto supo ella que había estado muy preocupado por su seguridad. 

-No entré en el campo de batalla. Mi Señor me confió otra misión, igual de preciosa.

-¿Igual de preciosa que su vida? -el hombre arqueó ligeramente las cejas, con incredulidad.

-Para él, sí...

De nuevo los ojos amarillos la escrutaron, esta vez en busca de respuestas. Luego musitó en tono prácticamente imperceptible:

-Así que ya la tiene. A la elegida.

Sunetra miró al agua, sin decir más. No era necesario. 

Entre los dos esposos, a menudo sobraban las palabras.


Nota: Imagen extraída de la página http://www.taringa.net/posts/imagenes/9610189/Koi-Fish---Significado-Dibujos-y-Tatoo-s.html
La carpa simboliza el valor.

lunes, 11 de agosto de 2014

Primeras Impresiones XXXI

Kurako se dirigía al dôjo cuando casi se da de manos a boca con el General Hida Nakao en persona. Era éste un hombre enorme, fornido, lleno de cicatrices, con largos bigotes que caían luengos a ambos lados de una boca amplia y generosa. Con una fiereza inmensa propia de los guerreros del Muro, le hizo sin embargo una inclinación y le pidió disculpas.

-Iie -respondió ella con una leve sonrisa. No sabía el porqué, pero le simpatizaba aquel inmenso hombretón de modales poco elaborados y brusca amabilidad. Quizás por la forma inconsciente en que había insultado a la sensual y retorcida Candidata Escorpión; aquello había hecho que a la León le gustara instintivamente-. Yo iba distraída, General. Aceptad mis disculpas.

-¿La perfección pide disculpas al tosco muro? Amateratsu velará sus ojos ante tamaño sinsentido -sonrió él levemente.

-El muro es grande y fuerte, y detiene al enemigo -repuso ella devolviéndole la sonrisa con más sinceridad de la que ella misma esperaba-. Y yo no soy la perfección. Gracias por el cumplido, General Nakao...

Él se iluminó como un niño ante un regalo inesperado, y ella tuvo que contener su regocijo, un regocijo natural e inesperado. Llevaba demasiados días enfuruñada, se percató, incluso algo deprimida por la falta de atención del Emperador. Sintió algo de alivio teñido de agradecimiento por poder escapar de aquel estado de ánimo. Miró atentamente al general Cangrejo, pensando que a su padre le gustaría que trabara amistad con un hombre de carrera tan admirable como él.

Tras ellos, pasó dando tumbos Komori Tanaka, demudado y blanco como la cal. Kurako se giró para verle pasar, y se llevó una mano a la boca: el maduro Murciélago tenía los ojos perdidos de alguien seminconsciente. Tropezó y cayó al suelo.

-¿No es el acompañante de la Candidata Murciélago? -musitó la joven Akodo, para sí. Se inclinó hacia él. No estaba herido, y sin embargo parecía sufrir algún tipo de ataque, temblando espasmódicamente.

-¡No lo toquéis! -le advirtió el General. Ella le dedicó una mirada de enojo.

-Onegai -dijo cortante-. No soy estúpida. No iba a tocar a un posible enfermo, no antes de que un sanador...

-Iie. Iie, onegai... -la voz del Komori sonó entrecortada, casi como si se ahogara-. Onegai, estoy... estoy bien. No es nada, sólo... Estoy bien. Arigatô, Akodo-sama, Hida-sama... Onegai, dejad que... ya estoy bien -se puso en pie con dificultades, trastabillando, pero decidido. Aquella espantosa palidez había remitido ligeramente, y parecía capaz de fijar la mirada en sus dos interlocutores, aunque no parecía estar en plena posesión de sus facultades.

El Cangrejo y la León se miraron, y luego ella preguntó gentilmente:

-¿Estáis seguro...? No parecéis...

-Estoy bien -repitió él, tozudo-. Onegai, no permitáis que mi malestar os impida seguir vuestras rutinas. Sólo ha sido un vahído. Descansaré y en unas horas estaré mejor. Os agradezco vuestra preocupación -hizo una rápida pero profunda reverencia antes de alejarse, inseguro pero rápido sobre sus piernas.

Kurako bufó.

-¡Clanes Menores! Sólo traen problemas -musitó, enfadada.

***
El paso del Shogun al volver a las estancias del Emperador fue lento, casi arrastrado. Se preguntaba qué había retenido a Naseru tanto tiempo; casi había aparecido al final del breve pero sangriento encuentro. Por poco no había llegado, cosa que podría haber desequilibrado el encuentro a favor de los atacantes. Ahora, afortunadamente, nada tenían que temer. Los discretos Eta retiraban los cuerpos que un Magistrado de confianza revisaría junto con Sezaru.
 
No era habitual en el más joven de los hermanos llegar tarde.
 
-¿Se puede saber qué ha pasado? -le dijo, frunciendo tormentosamente el ceño. Aunque Naseru y Kaneka se habían reconciliado tras la muerte de Tsudao, no por ello era todo miel sobre hojuelas entre ambos.
 
-Estaba en mi jardín privado. Di orden de no ser molestado, y hasta que no me llegó el aviso de Sunetra no supe del ataque -repuso fríamente Toturi III.
 
Sunetra... la guardaespaldas Escorpión del Emperador. Ahora que se fijaba, no había estado presente durante el altercado, lo cual en sí era una rareza. Naseru siempre era precavido, pues aunque era también bushi, el hecho de que su entrenamiento principal fuese como cortesano suponía una relativa desventaja ante situaciones bélicas. Kaneka iba a decir algo, cuando otro hecho le sorprendió. Al abrir las puertas, se encontró con nada más y nada menos que Usagi Makoto. Vestía tan solo un sencillo yukata de algodón de color jade, como recién salida de los baños imperiales y la preocupación nublaba sus expresivos ojos castaños. Hizo una reverencia ante Naseru, y luego miró a Kaneka.

-¿Kaneka-sama? -preguntó ella, como si fuese extraño verle en las habitaciones de su propio hermano. Luego volvió la mirada hacia Naseru, que lucía un feo corte en la cara-. Oh, Kamis. Hay que llamar a Sezaru-sama...

-Estoy aquí -Sezaru entró y la joven se apartó para permitirle situarse junto a Naseru y curarle. Kaneka sintió que las palabras se le atascaban en la garganta mirando a la muchacha, que aparte de lucir un aspecto realmente hogareño, era una visión totalmente asombrosa. Sin embargo, ni el Emperador ni su Voz parecían particularmente sorprendidos. El Lobo murmuró algo y una cálida y curativa luz brilló en sus manos, cerrando la herida de Naseru. Si no hubiese sido porque por conveniencia les interesaba conservar en secreto el ataque, tal vez no hubiesen curado aquel corte, que era más escandaloso que realmente peligroso. Kaneka esperó su turno. Dos flechazos en hombro y espalda le restaban movilidad en el brazo. El Shugenja no malgastó mucho tiempo y fue efectivo y rápido.

Y Makoto no era una visión suya. Kaneka volvió a mirarla, frotándose los ojos. Nada. Seguía allí, con gesto preocupado.

-¿Sezaru-sama..? -musitó la joven, y se precipitó hacia él.

El Shugenja se había apoyado en la pared, y se había ido deslizando lentamente hasta el suelo. Un rastro de sangre dejaba claro por qué estaba perdiendo sus fuerzas.

Habían herido al imbécil, y no les había dicho nada, ni siquiera había pensado en curarse.

-¡Kaneka-chan! -la Usagi volvió su rostro angustiado hacia él-. ¡Busca a un sanador, onegai...!

El Shogun no se hizo rogar y salió corriendo. Los interrogantes podían esperar a más tarde.

El sonido de la máscara de Sezaru al rodar por el suelo, caída, puso alas en sus pies.

martes, 10 de diciembre de 2013

Primeras Impresiones XXX

Mujer ninja

Makoto no dudó en interponerse entre la ninja que había aparecido y el Emperador, ya que sus armas reposaban en sus habitaciones. No podía visitar al Hijo del Cielo armada, así que le había encargado a Ai que las puliera. Ahora lamentaba no tenerlas consigo, ya que sólo su cuerpo desnudo hacía de barrera entre la recién llegada amenaza y el señor de Rokugán.

-Qué molestia... -musitó Naseru, colocando sus manos en los hombros de la bushi-. Tranquila, Makoto. 

-Mi señor Naseru-sama -la mujer, de la cuál sólo se distinguían los ojos claros, habló con voz profunda-. Lamento interrumpiros -hizo una reverencia-, pero tenemos intrusos. Sezaru-sama y Kaneka-sama se ocupan ahora mismo de ellos, pero creo que deberíais acudir, mi Emperador.

-Quédate aquí, Makoto -dijo él en tono que no admitía réplica, saliendo del agua y yendo a por sus ropas. La joven Liebre le miró, sintiéndose algo marginada pero incapaz de contravenir una orden directa del que, momento de pasión aparte, era y seguía siendo su señor supremo. Asintió, mientras Naseru se volvía hacia la mujer desconocida-. Cuida de ella -añadió el hombre en el mismo tono autoritario.

-Hai, Naseru-sama -respondió ella, inclinando la cabeza en gesto de aquiescencia. Makoto abrió la boca para protestar, para pedirle que se fuera con la mujer al menos... pero recordó que él era un bushi también, que tenía derecho a distribuír sus fuerzas como mejor le pareciera, y cerró los labios. Negó ligeramente con la cabeza y le miró.

-Estaré esperando -dijo Makoto, deseando que su tono reflejara únicamente confianza. Miró a Naseru mientras se vestía rápidamente y salía, armas desenvainadas, tras echarle un último vistazo a la joven Liebre.

***

Yori había creído firmemente en sus palabras. Cuando había hablado de sacrificio y de eliminar a los corruptos, había hablado completamente en serio. Eso hacía la derrota tanto más amarga, pues era indudable que les estaban derrotando.

Kaneka era un guerrero temible, que pese a varias heridas permanecía en pie batallando, rodeado de muertos. Sezaru, con su increíble aura de poder, debería haber sido derribado por uno de los infiltrados, pero pese a todo seguía de pie, y Yori era lo bastante inteligente como para darse cuenta de que no estaba a la altura de semejante enemigo en cuanto a magia se refiere. Los suyos estaban cayendo, y sólo quedaba esperar que pudieran agotarles lo suficiente como para acabar con ellos, ni que fuera debilitarlos para otro ataque.

Pero entonces apareció Naseru, y la balanza se inclinó definitivamente a favor de los defensores.

Nunca hubiese creído que la desesperación pudiese hacer mella en él, y sin embargo, a medida que sus compañeros caían, que los tres hombres a los que habían querido eliminar permanecían obstinadamente en pie, Yori comprendió que no había la menor esperanza de vencer aquella trifulca. Atacó al mismísimo Naseru, sabiendo que el Emperador no era tan buen guerrero como Kaneka, ni un poderoso hechicero como Sezaru; pero los tres hermanos parecían leerse el pensamiento unos a otros, cubriéndose las espaldas, actuando con una coordinación que ni siquiera sus leales tropas tenían.

¿Tanto habían cambiado las cosas en unos meses, que ahora aquellos que habían luchado a muerte entre sí podían atacar como si fuesen tres cabezas en un solo cuerpo? ¿O había sido la larga guerra civil, previendo los movimientos de los otros, lo que les había llevado a conocerse tan bien?

No tenía respuesta para ello.

Amargamente, comprendió que cualquier posibilidad de vencer se había desvanecido en el momento en que les habían descubierto. Sin el anonimato y la posibilidad de atacar por sorpresa, eran poco menos que carne muerta ante las espadas y la magia de los hijos de Toturi. La justicia, hoy, no miraba por sus elegidos, sino que vencería una vez más el orden establecido, erroneo y arbitrario.

Pero una cosa sí podía hacer.

Levantó su ninja-to y se lo puso sobre el rostro cubierto, que no había mostrado a sus enemigos.

"No obtendréis nada de mí. No traicionaré a los míos, ni siquiera con la muerte".

Y se rebanó el rostro.


Nota: Imagen extraída del foro http://www.abovetopsecret.com/forum/thread822542/pg1
No se pretende infringir ningún derecho.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Primeras Impresiones XXIX


Yacían uno en brazos del otro, con la caricia del sol cada vez más bajo sobre la piel como única vestidura. Él le acariciaba lentamente el cabello, conmovido, mientras ella miraba a lo lejos con una expresión de paz total. Ninguno de los dos estaba planteándose todavía las consecuencias de sus actos. Se besaron con suavidad, perezosamente, disfrutando el momento.

Lentamente la cordura volvió, sin embargo, y Makoto empezó a ser consciente de lo que había hecho, y con quién.

-¿Qué vamos a hacer? -preguntó a Naseru. Aún llevaba puesta la corona de él, y su parche. El banco de piedra bajo ella transmitía algo de frío a través de las cálidas ropas imperiales sobre las que habían hecho el amor.

-Deberíamos hacer lo correcto... si quieres -él tocó con suavidad la corona dorada sobre los cabellos negros de la bushi. Ella le miró, y se quedó petrificada-.  ¿Makoto...?

-Sezaru-sama. Esto es lo que él... -sintió un acceso de pánico y horror. Luego volvió a posar la mirada en Naseru, y de repente fue tranquilizándose, poco a poco-. No puedo -dijo en voz muy baja.

-¿No puedes...?

-No puedo casarme contigo -susurró ella-. Te quiero...

-Y yo a ti -el Emperador sonrió, sin petulancia o engreimiento esta vez.

-No sé cómo ha sido. No sé cómo hemos llegado a esto, pero lo cierto es que te quiero. Pero si me caso contigo, tendré que ser la Emperatriz, y la Emperatriz no puede traicionar al Emperador de ninguna manera. Tendría que dejar de ver a Sezaru-sama por completo, y le rompería el corazón. No puedo ser feliz a costa suya -se mordió el labio inferior, con angustia.

-¿Irás con él, entonces? -Naseru sintió que se le encogía el corazón, pero estaba dispuesto a aceptar aquello, si era lo que tenía que ser. Había tenido más, mucho más de lo que había esperado. Ella le amaba. Podía renunciar a ella, sabiéndolo... ¿verdad?

-No -los ojos de Makoto se llenaron de lágrimas-. No puedo ser feliz con él y dejarte solo con tu tristeza, ahora que sé... -tragó saliva.

-¿Pero tampoco te casarás conmigo? -musitó el Emperador, desconcertado.

-No me casaré con ninguno de los dos. No puedo -la joven Liebre agitó la cabeza, ahogándose un poco.

-Makoto, yo... -le cogió las manos-. Tengo que hablar con él. Encontraremos una solución, pero prométeme que no harás ninguna estupidez.

-¿Como qué, como enamorarme de dos hombres a la vez...?

-Yo que sé... salir huyendo o... no sé -la idea, horrible por cierto, de que ella quisiera hacerse el sepukku debido a lo ocurrido entre ellos aquella tarde, le dejó helado. La muerte era la forma más habitual en que un samurai limpiaba su honor y volvía a la Rueda, a fin de cuentas, y Makoto le había demostrado que se tomaba sus deberes muy en serio. Sólo esperaba que ella no se planteara algo así, que su deber hacia el Emperador incluyera no romperle el corazón de aquella forma-. Y no te enamores de nadie más, ¿neh...? -finalizó, intentando bromear para aligerar el miedo que de repente había sentido.

-Te lo prometo, no saldré huyendo -ella sonrió un poco, abrazándose a él y acariciándole las mejillas-. Está refrescando... deberíamos ponernos decentes -miró el kimono color jade con cierto apuro.

-Mejor no te lo pongas, está lleno de... -no finalizó la frase, pero se rió. Ella se sonrojó, y él no pudo contenerse y la besó de nuevo, porque con la luz del atardecer en su cabello y el brillo rojizo en su rostro estaba más encantadora que nunca-. Ven... mis baños privados están por aquí.

-Hai... -Makoto se mostró dócil, dejándose guiar. El recinto resultó ser más íntimo de lo que la bushi esperaba, pequeño pero espectacular a un tiempo, aprovechando la propia orografía del terreno para crear un pequeño cubículo techado, humilde, pero que daba a unas vistas fabulosas. El que el agua caliente se mantuviera así por obra de la naturaleza o por la de criados era imposible de decir, aunque la joven se inclinaba más por lo segundo. No recordaba que hubiese fuentes termales naturales en el palacio. Y sin embargo, el cuidado con el que se había creado aquel espacio hacía que resultara absolutamente irregular y perfecto, como si alguien hubiese robado un espacio abierto y lo hubiese colocado en medio de aquel lugar. Quien había diseñado aquel sitio era un auténtico genio.

La joven se sumergió en el agua perfumada, mirando a Naseru que la contemplaba a ella a su vez, como si fuera un enigma complejo. No se consideraba nada de eso, así que no comprendía muy bien cómo podía resultarle misteriosa a alguien tan tortuoso y con tantas facetas como aquel caprichoso Emperador. Entonces vio la sangre.

-¿Estás herido? -musitó, alarmada. Él bajó la mirada.

-Ah... no. Es tuya. Las mujeres, la primera vez -su sonrisa era la del gato al que han dado un plato de crema particularmente sabroso-, sangran. ¿No notaste un dolor...?

-Sólo al principio -admitió la muchacha, sonrojándose. Naseru se rió ligeramente, halagado.

-Es normal, aunque si quieres puedo llamar a mi... -se cortó en seco. Makoto arqueó una ceja, y él siguió diciendo-. Iba a decir a mi sanador personal... pero no creo que sea buena idea ahora mismo.

Makoto adivinó de quién se trataba, y asintió ligeramente.

-¿Sabes? Debería estar enfadado contigo -comentó él mientras le frotaba la espalda, con esmero-. Primero, juegas con mis sentimientos poniéndome celoso al preferir cenar con mi hermano que conmigo, y ahora me das calabazas... Soy el regalo del Tengoku a la tierra... ¡Deberías desmayarte por los pasillos!

-Te aburrirías enseguida -respondió ella riendo-. Así que... me prohibiste cenar con Sezaru-sama porque estabas celoso -se mordió el labio inferior, pensativa-. Pero... apenas habíamos hablado en aquel momento -musitó, desconcertada.

-Me llamaste la atención -ahora, Naseru podía admitir que así había sido desde el principio, aunque no se hubiese sido hasta después de sacar a la muchacha del agua, completamente borracha, que se percatara de lo que realmente sentía-. Me miraste... directamente, a mí, no al Emperador, como si fuese normal. 

-¿Cometo una descortesía y te llamé la atención...?

-Dicho así... sí. Maleducada -ambos rieron esta vez. Estaban así, relajados y conversando, cuando una figura oscura vestida de ninja bajó de un salto de techo.

***

Sezaru y Kaneka entraron velozmente en la residencia Imperial, acompañados de guardias Seppun de confianza absoluta. Al Shugenja no le sorprendió en exceso encontrarse rodeado de criados, que le miraron un instante con asombro... y luego sacaron las armas.

Obviamente, sabían que habían sido sorprendidos, y no les importaba mucho intentar acabar con el resto de la familia imperial antes de enfrentarse a Toturi III.

Kaneka cargó con los guardias, blandiendo su katana en un silencio más feroz que cualquier grito de batalla. La discreción era una meta tan importante como la victoria, ya que no debía correrse la voz de que las defensas del Emperador habían fallado. Un atentado así debía ser oculto. Los enemigos no parecieron ser contrarios a esta táctica, ya que se movieron con la agilidad y coordinación de asesinos cuidadosos y profesionales. Ninja, pensó Sezaru, invocando el fuego que ardía en su alma, el fuego sagrado de los Kamis con los que siempre había sentido la más intensa conexión.

"Sóis demasiado travieso para compararos con el aire". "¿Fuego entonces...?" Las palabras intercambiadas con Makoto le volvieron a la memoria mientras el aire se llenaba de rastros ígneos y atacantes fulminados. Una sonrisa extraña le iluminó los rasgos mientras combatía, su magia tan certera y mortal como la hoja del Shogun que se abatía sobre los infiltrados. Kamis, ella había intuído su verdadera naturaleza, equilibrada entre el Vacío y el Fuego más salvaje pese a la amabilidad que siempre le había mostrado. Se preguntaba ahora si esa gentileza suya no era más que otra máscara, así como el Nemuranai que había heredado de su madre era su rostro en batalla. Sezaru, el Lobo. No podía ignorar la voz que había en su interior y que deseaba la destrucción tanto como su más sofisticado alter ego deseaba la paz.

Tal vez Kaneka tuviese razón. Tal vez estaba loco.

En todo caso, era la Voz del Emperador, y tan protector de éste como el propio Shogun. Las flechas llovieron sobre ellos. Sezaru las hizo arder con un muro de fuego.

¿Cómo iban a justificar luego los desgastes en el bello jardín? Aquella duda era algo distante, como tantos pensamientos parasitarios que llenaban su mente cuando más centrado estaba con su lado destructivo. En momentos como aquel era más consciente que nunca de su doble naturaleza, de su doble identidad, casi. Notó un golpe en la espalda. Uno de los atacantes se había quedado rezagado y le atacaba donde el muro de fuego no podía protegerle. Hizo arder su ninja-to. El hombre gritó de dolor al fundirse el metal en su mano.

¿Dónde estaba Naseru?

domingo, 20 de octubre de 2013

Primeras Impresiones XXVIII


Sezaru tenía una fea intuición respecto a aquel asunto. No sabía por qué: la espiral trazada en la arena no tenía ningún significado maligno, y estaba de hecho medio borrada por la lluvia y por pisadas posteriores, aparte de torpemente trazada. Tampoco podía sentir que allí se hubiese realizado maho. La mayoría de las huellas que emborronaban el diseño eran de sirviente, con calzado sencillo de paja trenzada. El Magistrado que le acompañaba se fijaba en ese tipo de detalles, y se lo había señalado. Esto le sorprendió un poco: normalmente los criados cuidaban de no estropear las obras de jardinería zen, aunque había que reconocer que ésta era singularmente grande y era difícil pasar por el apartado lugar sin tocarlo. Sin embargo, algunas de las pisadas pasaban justo por el centro, con total descuido a las formas que estaban alterando.

-Un criado nunca habría tocado el diseño de un jardinero samurai -indicó el Magistrado, colando sus manos dentro del kimono para mantenerlas calientes. Sezaru asintió.

-¿Cuánto tiempo crees que tiene?

-No estoy seguro. Un Kitsuki especialista en este tema, o un Daidoji cazador nos podría dar más detalles, pero no creo que sea más antiguo de tres o cuatro días -el Kitsu contempló en silencio las huellas-. Y hay algo extraño... como si...

El Lobo contempló junto al León el suelo, frunciendo el ceño. Algo no cuadraba, pero no podía decir exactamente lo que era.

-Hay más huellas que salen del centro de la espiral de las que cruzan, creo -musitó dubitativo el Magistrado, mirando a Sezaru con aire intrigado. Éste asintió. No era un rastreador, pero lo que el Kitsu decía resultaba evidente, una vez uno sabía qué debía mirar. Luego se giró hacia los guardias Seppun.

-Avisad a Kaneka-sama. Quiero que la guardia refuerce la seguridad en torno a las estancias Imperiales. Tenemos intrusos.

***
Makoto se sentía como si fuera a hervir de dentro a fuera de pura vergüenza. Le había confesado a Ide Kotetsu que no podía mentir; lo que no sabía era hasta qué punto su lengua era capaz de traicionar cosas que ni sabía haber pensado. Supuso que hasta cierto punto era natural: el Emperador era, a todas luces, un hombre apuesto. Ella misma lo había reconocido. Y sin embargo, la expresión de aquel deseo parecía impropia de ella, que se sentía tan dulcemente próxima al fuego y la amabilidad de Sezaru. Los dos hermanos eran tan distintos... El Lobo era como un hogar cálido que podía devenir incendio incontrolable, mientras que Naseru podía ser gentil como una caricia de lluvia primaveral en el rostro, caprichoso como el viento, o imprevisible y destructivo como el tifón nacido de ambos... y en su centro reinaba la calma y el vacío.

Sí, era una buena metáfora. No había esperado poder sentir compasión hacia su Emperador, pues ni su amabilidad ni sus extravagancias le habían preparado para sentir aquella profunda soledad que parecía yacer en su corazón. Soledad y tristeza, tan profundas como una herida interna que sangrara sin que nadie supiese tratarla. En cierto sentido, él ya se había desnudado para ella de forma mucho más íntima que un mero descubrir su cuerpo. Y sin embargo...

-¡Naseru-sama, no estamos en los baños! -protestó ella, enrojeciendo violentamente ante la sonrisa llena de satisfacción y orgullo masculinos de él. Parecía tan regocijado ante su impropia petición como si Makoto le hubiese hecho un regalo inesperado. Supuso que también era natural, cuando todo el tiempo había estado declarando su preferencia por hombres mucho más sobrios, menos difíciles de tratar que él...

-Cierra los ojos -le ordenó él en tono implacable. Ella soltó una exclamación y se tapó los ojos con las manos, dándole la espalda. No le oyó reír, pero estaba segura de que por dentro lo hacía, como había estado segura antes de que él no mentía cuando le confesó estar tan aislado, tan imposibilitado de mostrar sus debilidades ante nadie. Pensó en Sezaru y Kaneka: ninguno de los dos podía en realidad mostrar empatía hacia aquella parte tan vulnerable del Emperador. Eran sus mayores, y habían competido por el trono contra él. Podían haber llegado a una tregua, podían quererle incluso, pero él no podía resquebrajar tan profundamente su autoridad como para refugiarse en ellos en busca de consuelo. Sin duda Naseru no carecía de ambición, pues de otra manera hubiese podido renunciar al trono que no le hacía feliz y buscar sus objetivos en otra parte. Pero no lo haría, no dejaría su puesto.

No debería haber estado tan segura, pero lo estaba. Como él bien había dicho, se conocían de hacía apenas unos días, y no habían hablado mucho, pero había una familiaridad entre ambos que no tenía nada que ver con el tiempo o con los ligámenes naturales. Makoto había sentido desde el principio una profunda afinidad hacia la familia imperial, que se había expresado de forma natural hacia Sezaru y Kaneka, y ahora... ahora también la hacía doblegarse ante Naseru de forma que no había esperado.

-Abre los ojos -le dijo él.

Makoto no quería hacerlo, pero la autoridad estaba ahí, el deber estaba ahí... y parte de ella deseaba realmente ceder, concederse a sí misma aquel antojo. Bajó las manos lentamente, y se quedó boquiabierta.

Naseru era espléndido de contemplar, con el cuerpo elegante y bien coordinado de un cortesano, pero con la musculatura y las cicatrices de un bushi. Podía no ser tan masivo como Kaneka o tan alto como Sezaru, pero cada uno de sus miembros desprendía equilibrio, fuerza, la belleza salvaje de un animal indómito. Fascinada como una niña ante un gato, tendió lentamente la mano hacia él para tocar aquel cuerpo magnífico, reseguir las marcas de guerra que le adornaban contando una historia de violencia y disciplina como quienes veían sus refinadas ropas de color de jade no hubiesen podido ni imaginar siquiera. Él se dejó acariciar por aquellas puntas de los dedos temblorosos, se dejó explorar lentamente mientras ella daba vueltas en torno a él, resiguiendo cada corte, cada señal, cada marca. Era obvio, incluso para alguien tan inexperto como Makoto, que aquella investigación no estaba dejándole indiferente: cierta parte de su anatomía estaba cobrando vida, pese a que su aliento no se había acelerado. Su ojo negro, sin embargo, nunca había parecido más ardiente y ni más intenso.

-Sóis como un león -susurró la muchacha, sin dejar de contemplar aquella bestia admirable que era el cuerpo bien entrenado de Naseru. Esto hizo que el hombre sonriera de nuevo.

-Técnicamente, soy un León -señaló, recordándole sus orígenes como Akodo. Ella rió nerviosamente.

-Lo sé -respondió, recordando cómo Kotetsu le había dicho que al presentarla a la familia imperial la estaban lanzando, literalmente, a los leones. Nunca pensó que podría ser devorada de aquella manera, por sentimientos que no comprendía, por anhelos que le hacían dar vueltas a la cabeza.

-Póntelo, Makoto -le dijo él, tendiéndole su kimono color jade.

-Tendría que quitarme el que llevo -intentó protestar ella débilmente. Él sonrió y se dio la vuelta. Makoto descubrió que no podía ni deshacerse el nudo del obi de tanto que le temblaban las manos-. ¿Naseru-sama...? No... no puedo -susurró, sintiendo el embarazo y otras emociones más turbulentas inundarla.

El Emperador, mucho más majestuoso en su desnudez de lo que podría estarlo en todas sus galas, se volvió hacia ella. Pese a su obvia excitación, se centró en liberarla de la seda que parecía estarle robando el aliento sin un sólo roce inapropiado, sin aprovecharse, estrictamente desnudándola con la misma destreza y eficiencia que podría haber tenido la propia Ai.

El olor de él, aquella mezcla de perfume sutil y caro con aromas más personales, más intrínsecos, la envolvió al mismo tiempo que el kimono de gala del Emperador. Jade y seda, té y cilantro, canela y sándalo, sudor e incienso, acero y ámbar, almizcle y azahar... Le temblaban las rodillas, y él la estaba mirando tan intensamente, desnudo bajo el sol del atardecer, rodeado del verdor del jardín y de las hojas rojizas de los arces...

Aunque reviviese la escena mil veces en su mente más tarde, sería incapaz de decir quién se adelantó hacia quién, quién inició el beso que volvió la luz otoñal más brillante, el colorido del jardín más exhuberante, su piel más tensa y cálida. En aquel instante no había tristeza, ni soledad, solo la alegría de quien se comparte con otro de la forma más generosa, intensa y vital posible. El kimono de color de jade cayó sobre el banco de piedra, formando un lecho duro pero bienvenido sobre el cuál Naseru la tendió, besándole el cuello, la cara, los labios, acariciando cada centímetro de su piel. Ella sólo podía pensar en cómo el dolor de él se había mudado tan bruscamente en una felicidad perfecta e infinita.

-Dame tu tristeza -le susurró.

-No... te daré sólo mi alegría, la poca que tengo -le respondió él en el mismo tono. Bajó por su cuerpo dedicándole besos y caricias que le hicieron gemir y arquearse involuntariamente.

-Iie... -protestó, obnuvilada por las sensaciones. Él la miró un instante.

-Dime que pare y pararé, lo juro...

Pero ella no le dijo que parara. No podía. La lengua de él la exploró a placer, llenándose del sabor de cada uno de los rincones de su femenidad, y ella podía decir no, pero no pedirle que se detuviera. Los dedos de él fueron igualmente lentos y metódicos, procurando deleite antes que dolor, y ella siguió protestando en voz baja, pero no le pidió que parara.

El placer era tan intenso que resultaba casi mareante. Makoto se dejó llevar, moviéndose de forma instintiva. Cuando la luz llegó, gritó como un pájaro herido, de forma aguda pero queda. Se mordió el labio inferior y dejó que él girara con ella abrazada, uniendo sus ingles para acariciarse mútuamente.

-Si me quieres, tómame -le dijo él en voz baja, ronca de deseo.

-Te quiero -respondió Makoto, y aquellas dos palabras, que no podían contener falsedad porque ella era incapaz de mentir, fueron como un sello sobre su destino.

El resto fue goce, risas y alegría. Él le puso su corona y el parche que cubría el hueco de su ojo, y ambos rieron como niños mientras bailaban la danza más antigua del mundo.

martes, 8 de octubre de 2013

Primeras Impresiones XXVII


De todas las cosas que Naseru no soportaba, el que una mujer llorara debía ser una de las principales. Por algún motivo, en las dos ocasiones en que había besado a una en su vida, ella había acabado llorando; pero en aquel preciso instante él no tenía conciencia de haber hecho nada para provocar aquella reacción. ¿Quiere decir esto que tengo derecho a besar a Makoto de nuevo, ya que ya está llorando? Se reprochó aquel pensamiento incongruente. La Usagi le daba la espalda ahora, intentando ocultar su rostro cubierto de lágrimas en un acceso de pudor. 

-Vamos, vamos... -la agarró por los hombros, sin saber qué hacer, procurando que volviese a estar de cara a él-. No lloréis. Llamadme imbécil, pero no lloréis -le suplicó.

-Él... Él me ha dicho que...

De nuevo un acceso de ira contra su hermano mayor le inundó. ¿Qué le habría dicho a aquella pobre muchacha para que el mero recuerdo la hiciera sollozar?

-¿Hai...? -preguntó con suavidad, tratando de que su ira no se transparentara en su tono. Hubiese vuelto a golpear a Sezaru con gran placer si lo hubiese tenido delante en aquel instante.

-... Que me casaré con otro. Y que... que... que le destrozaré el corazón.

-Oh -la comprensión se mezcló al desaliento. ¿Tenía el Lobo un rival desconocido? ¿Hay otro más del que debo preocuparme también?-. Kamis... igual se ha equivocado.

-No puedo imaginar... ¿Habéis estado enamorado alguna vez? -Makoto temblaba por los sollozos, pero alzó la cabeza para mirarle pese a todo, con unos ojos inquisitivos y llenos de infelicidad que le cortaron el aliento.

-No -negó él, recordando su encaprichamiento juvenil por Hoketuhime, que en su momento le pareciera el colmo de la belleza, la elegancia y la perfección. Parte de su distanciamiento con las mujeres estaba causado por ella, por la forma en que se le había venido abajo la única vez que se había atrevido a hacerle un avance tentativo, ingenuo pero apasionado. Pero lo cierto es que las emociones que le había causado aquella dama de cabello castaño y ojos azules no tenían nada que ver con lo que ahora estaba sintiendo-. Supongo que... uno se preocupa por la persona en cuestión -él se había afligido por el destino terrible de la Otomo. Y por Makoto... Kamis, se dejaría torturar por ella, por evitar que volviese a derramar una sola lágrima. ¿Era aquello amor?

-Hai... -ella le miraba con ojos enrojecidos, la nariz hinchada, los labios entreabiertos mientras las lágrimas seguían corriendo libremente por sus mejillas. Parecía estarse bebiendo sus palabras.

-Y que sólo desea su felicidad -musitó, pensando que nunca había estado menos bella que en aquel instante, pero que nunca había deseado más estrecharla entre sus brazos.

-Hai -respondió ella, casi sin aliento.

-¿Os casaríais con otro?

-¿Cómo iba a hacerlo, sabiendo que le partiría el corazón? -murmuró la bushi sin apartar la mirada de él. Naseru se inclinó y le secó las lágrimas con un pañuelo de seda.

La amo. Realmente la amo. Y ella ama a Sezaru... Kamis, ¿qué voy a hacer...?

-Bien... pues os lo prohibo -se oyó decir. Ella pareció tan sorprendida como él de aquello-. Os prohibo que os caséis con nadie que no sea Sezaru -añadió con firmeza. Makoto le miraba como si se hubiese vuelto loco.

-Estáis diciendo tonterías otra vez.

-Pero puedo hacerlo -repuso Naseru con tozudez-. Soy el Emperador, el Hijo de los Cielos, y lo que yo mando es ley aquí abajo y en los cielos -fue entusiasmándose con sus propias palabras, aunque su corazón estaba sangrando-. Y quiero que seáis feliz... así que os ordeno que lo seáis -sonrió con arrogancia. Ella estaba riéndose ahora, riéndose de él. Eso le hizo sentir mejor. Incluso el bufido y el gesto de impaciencia de la joven eran bienvenidos, ya que no había furia tras ellos o desconsuelo, sólo ligera incredulidad ante su bravata. Le sacó la lengua de forma infantil, y las risas de ella volvieron a resonar, como un bálsamo para él-. Quedaos el pañuelo.

-No hago más que quedarme piezas de vuestra ropa -comentó ella, sin rechazar cortésmente el regalo como hubiese dictado la etiqueta. Algunas lágrimas le caían todavía por las mejillas, y él se inclinó para besarle los ojos, y luego la frente. La muchacha se dejó hacer, atónita-. Naseru-sama, ¿qué hacéis?

-¿Consolaros? -señaló él-. O eso intento. ¿Tan mal lo hago?

-Hai -asintió ella, sonriendo. A pesar de sus palabras, Naseru pensó que no sería para tanto cuando le estaba haciendo salir de su desdicha-. Naseru-sama, ¿puedo preguntaros algo... muy indiscreto?

-Claro. Al fin y al cabo, he visto ese lunar que tenéis en...

-¡Naseru-sama! No seáis descarado -la muchacha se sofocó, llevándose la mano al lugar donde se encontraba el mentado lunar.

-Sólo probaba mi punto -señaló él, con humor.

-Se nota que os criásteis entre Escorpiones. A ratos habláis igual que el Canciller.

-Ugh... -el rostro del Emperador se torció de disgusto-. Eso ha sido un golpe bajo.

-Eso espero. Os lo merecéis -respondió la joven-. ¿Qué dije de cómo besábais vos? -inquirió, negándose a dejarse distraer por la picardía de él.

-Dijísteis "dulce"... y os echásteis a llorar. No sabía que era tan malo besando -ante sus palabras, Makoto pareció desconcertada-. Al menos no fue como con Kaneka. Habríais destruído mi ego para siempre.

-Quizás os hiciera bien -comentó ella, pero fruncía el ceño, pensativa-. ¿Me eché a llorar?

-Hai. No sé por qué -admitió él.

-¿Habéis besado a muchas mujeres? 

-No realmente -respondió Naseru, sorprendido a su vez. ¿Estaría Makoto celosa...?

-Entonces quizás sí sóis tan malo, ¿lo habéis pensado...? -sonrió ella con malicia.

-Generalmente las damas quieren algo de mí, aparte de besarme -explicó él, ligeramente picado-. ¿Tan bien recordáis todo para decirme que beso mal?

-No, la verdad es que no -confesó Makoto-. No recuerdo casi nada, después de que llegara Kaneka...

-Pues exijo mi revancha -le había dicho que quería besarla cuando estuviera sobria, y ahora ese deseo se agudizaba. Tal vez ella no le amara, tal vez nunca volviese a poder acercarse a la joven de aquella manera, ya que iba a casarse con Sezaru. Pero... nadie podía reprocharle que quisiera un beso, siquiera...-. Así os refrescaré la memoria.

-¡Iie! -la joven se puso como la grana.

-¿Por qué no?

-Pues porque me da vergüenza -respondió la Usagi muy sofocada-. Y ahora no estoy tan borracha como para... ¡Yo no voy besando hombres por ahí!

-Ya sé, sólo besáis a los hombres que os gustan mucho, y al parecer yo no soy uno de ellos -Naseru sonrió, esta vez irónicamente-. Ni siquiera guardáis recuerdo de besarme, pero no deseáis repetir la experiencia. Sin embargo, para mí, sí que fue el mejor beso que me han dado nunca...

-¿Gomen... nasai? -musitó ella, asombrada.

-Honto... -cerró su único ojo-. Me lo dísteis a mi, no al Emperador. Me sentí persona, no título... Domo arigatô -hizo una leve inclinación de cabeza-. Lo atesoraré.

-Deberíais hacerlo -ella aún parecía sorprendida, pero inclinó la cabeza a un lado y sonrió, de nuevo traviesa-. Si os tratara como a un hombre, y no como al Emperador...

-¿Hai? -la azuzó él.

-Ya tendríais más de un pellizco -inclinó la cabeza, pero más para ocultar su sonrisa que como signo de respeto. Naseru sintió la tentación de insistir, y decidió dejarse llevar por ella. Kamis, pero como la deseaba, con aquel aire de niña alegre y burlona, con su dignidad ofendida de samurai recta, con sus críticas y palabras hirientes, con sus ojos llenos de inteligencia y curiosidad...

-¿Y qué me haríais si quisiera repetir?

-¡Naseru-sama! Nos conocemos de hace días, apenas hemos hablado...

-Y ya os conozco más que a muchos que llevan años a mi lado -cortó él.

Ella le miró, y de nuevo sus ojos estaban llenos de preguntas, como si intentara verle realmente. Sus siguientes palabras fueron inesperadas, pero bienvenidas.

-El trono es un lugar muy solitario en el que sentarse, ¿neh...? -musitó Makoto en voz baja.

-Mucho -respondió él, solemnemente serio esta vez. Ella le veía, le veía realmente. No se perdía en galas o títulos. Podía ser leal al Emperador, pero cuando hablaban, no hablaba al Hijo del Cielo, sino al hombre, por mucho que dijera lo contrario.

-Hay... -pareció que iba a callarse, pero él asintió y la joven cobró ánimos para seguir hablando-. Hay momentos en que hacéis o decís cosas que me hacen pensar que... que no sóis tan insoportable -hizo una pausa-. Que os sentís solo. Que sóis amable.

-Arigatô -respondió él, sin saber muy bien a dónde quería ella ir a parar.

-Y justo cuando empiezo a tener buena opinión de vos... -suspiró-. Hacéis o decís algo que me dan ganas de estrangularos.

-¿Ahora tenéis ganas de estrangularme? -preguntó él en voz baja, íntimamente conmovido por la franqueza desplegada por la joven, por su agudeza al analizarle, por el simple hecho de que se molestaba en mirar más allá de lo que todas las mujeres que había conocido se habían planteado mirar. Makoto negó con la cabeza, y él musitó-. Pues voy a daros motivo.

No podía más. Se inclinó y la besó, esta vez plenamente consciente de lo impropio de la situación, pero decidido a tener al menos aquello. Estando ella ebria, había tenido la impresión de aprovecharse de la joven, pese a que ella estaba más que decidida a probar sus labios. Ahora, con la muchacha completamente sobria en sus brazos, sabía positivamente que de no haberse estado aprovechando ella jamás hubiese iniciado aquel movimiento. Había intentado tentarla, bromear sobre el tema, pero había vuelto una y otra vez a él... simplemente porque recordaba demasiado bien lo que había sido, y deseaba repetirlo. Besadme o no habrá segundas oportunidades, le había dicho ella. Bien, él lo había hecho. Y por todos los Kamis que no iba a perderse la segunda oportunidad.

Ella sabía a sol, a té, a cientos de cosas secretas y personales. La besó con ternura, con pasión, con todo lo que tenía dentro. Posiblemente fuese la última vez. Fue mucho mejor que la primera, porque el olor y el sabor de Makoto no estaban ocultos tras el alcohol y la bilis, y también porque pese a su reticencia, la joven no se apartó ni le golpeó, sino que se dejó hacer. No la aferró esta vez, ni apretó su cuerpo juvenil contra el suyo, pero pudo disfrutar de cada segundo de aquella experiencia sabiendo que esta vez, los dos la recordarían. Se debía eso a sí mismo, al menos, cuando estaba dispuesto a renunciar a ella por su propio bien, para que pudiera ser feliz en brazos de otro...

Se apartó lentamente. Makoto tenía los ojos cerrados, y la vió tragar saliva. 

-Estáis triste -susurró ella.

-Casi siempre -reconoció Naseru, sorprendido. ¿Había notado eso ella en su beso? 

-¿Por qué? -las palabras de la joven Usagi fueron apenas audibles.

-Siempre lo he estado... y ahora... -inspiró hondo, intentando no delatarse-. Como Emperador, aún más.

-¿Y os extraña que me echara a llorar?

-No... no realmente, supongo -sonrió ligeramente. Ella alzó la mano para acariciarle la mejilla-. ¿Quieres quedarte con el kimono?

-Hai... -la muchacha parpadeó.

-Tuyo es -era una pequeñez, una nadería, pero él anhelaba que lo tuviera. Podría imaginarla de nuevo vestida de verde imperial, fantasear con que era lo normal. Eso era una tontería en realidad: el kimono era masculino, y dudaba que un presente tan preciado fuese utilizado por ella o por alguien de su familia. Seguramente sería respetuosamente conservado como muestra de favor por los suyos. Y sin embargo, la mera idea de que pudiese llegar a ponérselo, como una niña que jugaba a los disfraces, le hacía sentirse menos solo, menos aislado en su decisión de dejarla marchar...

-Arigatô -de nuevo, ella se saltó las normas y aceptó el obsequio sin rechazarlo por cortesía. Hubiese debido ser insultante, pero Naseru leyó en aquel gesto que ella no dudaba de su sinceridad, ni quería distraerse de la intensidad del momento con falsos despliegues de modestia. Le gustó incluso más por ello, cosa que amenazaba con hacerle aún más daño... y sin embargo, era bienvenida-. No sabía que estábais tan triste -le miraba ahora con fijeza, intentando leer de nuevo en él.

-Nadie lo sabe -repuso Naseru-. Puedo ser cruel, arrogante, mezquino... pero no puedo mostrar tristeza o debilidad.

-¿Y a mí?

Le estaba preguntando por qué la honraba con su confianza, pero él decidió malinterpretarla porque no podía decirle la verdad. No hubiese estado bien.

-No creo que uses esto para aprovecharte de mí, ¿neh...? -le acarició la mejilla. El tuteo y el contacto eran excesivamente íntimos, pero ella no se retiró ni pareció dispuesta a cuestionarle al respecto-. Confío en ti.

-Según vuestras propias palabras, me acabo de aprovechar de vos -Makoto sonrió, llevándose los dedos a los labios.

-Si me dejo no cuenta, ¿no? -refutó él.

-Eso es lo que yo opino. ¿Y vos? -contestó ella.

-Ciertamente -admitió Naseru-. ¿Vas a pegarme entonces? -Makoto se echó a reír, y él la coreó-. O pídeselo a Kaneka, estaría encantado de ello...

-Estoy segura de ello -repuso la Usagi-. Al parecer la gente que os conoce bien tiene ganas de golpearos...

-Será porque me conocen, efectivamente.

Ella le miró largamente, y luego le dijo en tono de suave reproche:

-En la Corte me odian... en parte por vuestra culpa, y en parte por atraer la mirada de Sezaru-sama -suspiró.

 -Que te odien. La Corte puede odiarte, pero el Emperador... -Naseru se contuvo antes de decir lo que tenía en mente.

-¿Hai? -inquirió ella con voz gentil.

-Al Emperador le gustáis mucho -terminó él, intentando cubrir su pequeño lapsus. Makoto le miró, sopesándole unos instantes, antes de sonreír y decirle.

-¿Os gustaría cenar conmigo esta noche?

Aquello le hizo un nudo en la garganta a Naseru. Era la primera vez que ella hacía un gesto activo de acercamiento, y lo valoró tanto más por cuanto había ocurrido previamente. Se había abierto a ella, había dejado que le viera con todas sus debilidades... y ella reaccionaba perdonándole sus anteriores faltas y reaccionando como si él fuese un hombre normal, al que pudiese convidar sin esperar gestos de favor de él.

-Hai... me gustaría mucho -hizo una pausa, y añadió-. Creo que voy a modificar mi prohibición respecto a las cenas. Sólo podréis cenar con miembros de la familia, ¿hai?

-Arigatô -la reverencia de ella fue profunda, pero burlona. Naseru se inclinó y le acarició el pelo, lentamente. Los ojos de la bushi volvieron a escrutarle, desnudándole el alma-. No quiero que estéis triste, mi Señor... Si puedo hacer algo, cualquier cosa, aunque me irrite, para que estéis mejor, decídmelo. Me gustaría ayudaros... en lo que sea. Incluso si lo que os alivia es reíros de mí.

-Uhm -Naseru sintió que la tentación volvía a hacerse más fuerte-. ¿Aunque os irrite? -ante el asentimiento de ella, volvió a besarla. Era extraño, pero Makoto no se resistió, simplemente cerró los ojos y se dejó hacer, relajándose en el contacto. Naseru empezaba a sentirse cualquier cosa, menos relajado-. Me encantó veros con mi kimono -le susurró.

-Me hubiese gustado veros sin el vuestro -contestó ella en el mismo tono.

Naseru sonrió ampliamente. Makoto se llevó las manos a las mejillas, con ojos como platos, tan asombrada por sus propias palabras como halagado estaba él por aquella frase inoportuna.

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