domingo, 20 de octubre de 2013

Primeras Impresiones XXVIII


Sezaru tenía una fea intuición respecto a aquel asunto. No sabía por qué: la espiral trazada en la arena no tenía ningún significado maligno, y estaba de hecho medio borrada por la lluvia y por pisadas posteriores, aparte de torpemente trazada. Tampoco podía sentir que allí se hubiese realizado maho. La mayoría de las huellas que emborronaban el diseño eran de sirviente, con calzado sencillo de paja trenzada. El Magistrado que le acompañaba se fijaba en ese tipo de detalles, y se lo había señalado. Esto le sorprendió un poco: normalmente los criados cuidaban de no estropear las obras de jardinería zen, aunque había que reconocer que ésta era singularmente grande y era difícil pasar por el apartado lugar sin tocarlo. Sin embargo, algunas de las pisadas pasaban justo por el centro, con total descuido a las formas que estaban alterando.

-Un criado nunca habría tocado el diseño de un jardinero samurai -indicó el Magistrado, colando sus manos dentro del kimono para mantenerlas calientes. Sezaru asintió.

-¿Cuánto tiempo crees que tiene?

-No estoy seguro. Un Kitsuki especialista en este tema, o un Daidoji cazador nos podría dar más detalles, pero no creo que sea más antiguo de tres o cuatro días -el Kitsu contempló en silencio las huellas-. Y hay algo extraño... como si...

El Lobo contempló junto al León el suelo, frunciendo el ceño. Algo no cuadraba, pero no podía decir exactamente lo que era.

-Hay más huellas que salen del centro de la espiral de las que cruzan, creo -musitó dubitativo el Magistrado, mirando a Sezaru con aire intrigado. Éste asintió. No era un rastreador, pero lo que el Kitsu decía resultaba evidente, una vez uno sabía qué debía mirar. Luego se giró hacia los guardias Seppun.

-Avisad a Kaneka-sama. Quiero que la guardia refuerce la seguridad en torno a las estancias Imperiales. Tenemos intrusos.

***
Makoto se sentía como si fuera a hervir de dentro a fuera de pura vergüenza. Le había confesado a Ide Kotetsu que no podía mentir; lo que no sabía era hasta qué punto su lengua era capaz de traicionar cosas que ni sabía haber pensado. Supuso que hasta cierto punto era natural: el Emperador era, a todas luces, un hombre apuesto. Ella misma lo había reconocido. Y sin embargo, la expresión de aquel deseo parecía impropia de ella, que se sentía tan dulcemente próxima al fuego y la amabilidad de Sezaru. Los dos hermanos eran tan distintos... El Lobo era como un hogar cálido que podía devenir incendio incontrolable, mientras que Naseru podía ser gentil como una caricia de lluvia primaveral en el rostro, caprichoso como el viento, o imprevisible y destructivo como el tifón nacido de ambos... y en su centro reinaba la calma y el vacío.

Sí, era una buena metáfora. No había esperado poder sentir compasión hacia su Emperador, pues ni su amabilidad ni sus extravagancias le habían preparado para sentir aquella profunda soledad que parecía yacer en su corazón. Soledad y tristeza, tan profundas como una herida interna que sangrara sin que nadie supiese tratarla. En cierto sentido, él ya se había desnudado para ella de forma mucho más íntima que un mero descubrir su cuerpo. Y sin embargo...

-¡Naseru-sama, no estamos en los baños! -protestó ella, enrojeciendo violentamente ante la sonrisa llena de satisfacción y orgullo masculinos de él. Parecía tan regocijado ante su impropia petición como si Makoto le hubiese hecho un regalo inesperado. Supuso que también era natural, cuando todo el tiempo había estado declarando su preferencia por hombres mucho más sobrios, menos difíciles de tratar que él...

-Cierra los ojos -le ordenó él en tono implacable. Ella soltó una exclamación y se tapó los ojos con las manos, dándole la espalda. No le oyó reír, pero estaba segura de que por dentro lo hacía, como había estado segura antes de que él no mentía cuando le confesó estar tan aislado, tan imposibilitado de mostrar sus debilidades ante nadie. Pensó en Sezaru y Kaneka: ninguno de los dos podía en realidad mostrar empatía hacia aquella parte tan vulnerable del Emperador. Eran sus mayores, y habían competido por el trono contra él. Podían haber llegado a una tregua, podían quererle incluso, pero él no podía resquebrajar tan profundamente su autoridad como para refugiarse en ellos en busca de consuelo. Sin duda Naseru no carecía de ambición, pues de otra manera hubiese podido renunciar al trono que no le hacía feliz y buscar sus objetivos en otra parte. Pero no lo haría, no dejaría su puesto.

No debería haber estado tan segura, pero lo estaba. Como él bien había dicho, se conocían de hacía apenas unos días, y no habían hablado mucho, pero había una familiaridad entre ambos que no tenía nada que ver con el tiempo o con los ligámenes naturales. Makoto había sentido desde el principio una profunda afinidad hacia la familia imperial, que se había expresado de forma natural hacia Sezaru y Kaneka, y ahora... ahora también la hacía doblegarse ante Naseru de forma que no había esperado.

-Abre los ojos -le dijo él.

Makoto no quería hacerlo, pero la autoridad estaba ahí, el deber estaba ahí... y parte de ella deseaba realmente ceder, concederse a sí misma aquel antojo. Bajó las manos lentamente, y se quedó boquiabierta.

Naseru era espléndido de contemplar, con el cuerpo elegante y bien coordinado de un cortesano, pero con la musculatura y las cicatrices de un bushi. Podía no ser tan masivo como Kaneka o tan alto como Sezaru, pero cada uno de sus miembros desprendía equilibrio, fuerza, la belleza salvaje de un animal indómito. Fascinada como una niña ante un gato, tendió lentamente la mano hacia él para tocar aquel cuerpo magnífico, reseguir las marcas de guerra que le adornaban contando una historia de violencia y disciplina como quienes veían sus refinadas ropas de color de jade no hubiesen podido ni imaginar siquiera. Él se dejó acariciar por aquellas puntas de los dedos temblorosos, se dejó explorar lentamente mientras ella daba vueltas en torno a él, resiguiendo cada corte, cada señal, cada marca. Era obvio, incluso para alguien tan inexperto como Makoto, que aquella investigación no estaba dejándole indiferente: cierta parte de su anatomía estaba cobrando vida, pese a que su aliento no se había acelerado. Su ojo negro, sin embargo, nunca había parecido más ardiente y ni más intenso.

-Sóis como un león -susurró la muchacha, sin dejar de contemplar aquella bestia admirable que era el cuerpo bien entrenado de Naseru. Esto hizo que el hombre sonriera de nuevo.

-Técnicamente, soy un León -señaló, recordándole sus orígenes como Akodo. Ella rió nerviosamente.

-Lo sé -respondió, recordando cómo Kotetsu le había dicho que al presentarla a la familia imperial la estaban lanzando, literalmente, a los leones. Nunca pensó que podría ser devorada de aquella manera, por sentimientos que no comprendía, por anhelos que le hacían dar vueltas a la cabeza.

-Póntelo, Makoto -le dijo él, tendiéndole su kimono color jade.

-Tendría que quitarme el que llevo -intentó protestar ella débilmente. Él sonrió y se dio la vuelta. Makoto descubrió que no podía ni deshacerse el nudo del obi de tanto que le temblaban las manos-. ¿Naseru-sama...? No... no puedo -susurró, sintiendo el embarazo y otras emociones más turbulentas inundarla.

El Emperador, mucho más majestuoso en su desnudez de lo que podría estarlo en todas sus galas, se volvió hacia ella. Pese a su obvia excitación, se centró en liberarla de la seda que parecía estarle robando el aliento sin un sólo roce inapropiado, sin aprovecharse, estrictamente desnudándola con la misma destreza y eficiencia que podría haber tenido la propia Ai.

El olor de él, aquella mezcla de perfume sutil y caro con aromas más personales, más intrínsecos, la envolvió al mismo tiempo que el kimono de gala del Emperador. Jade y seda, té y cilantro, canela y sándalo, sudor e incienso, acero y ámbar, almizcle y azahar... Le temblaban las rodillas, y él la estaba mirando tan intensamente, desnudo bajo el sol del atardecer, rodeado del verdor del jardín y de las hojas rojizas de los arces...

Aunque reviviese la escena mil veces en su mente más tarde, sería incapaz de decir quién se adelantó hacia quién, quién inició el beso que volvió la luz otoñal más brillante, el colorido del jardín más exhuberante, su piel más tensa y cálida. En aquel instante no había tristeza, ni soledad, solo la alegría de quien se comparte con otro de la forma más generosa, intensa y vital posible. El kimono de color de jade cayó sobre el banco de piedra, formando un lecho duro pero bienvenido sobre el cuál Naseru la tendió, besándole el cuello, la cara, los labios, acariciando cada centímetro de su piel. Ella sólo podía pensar en cómo el dolor de él se había mudado tan bruscamente en una felicidad perfecta e infinita.

-Dame tu tristeza -le susurró.

-No... te daré sólo mi alegría, la poca que tengo -le respondió él en el mismo tono. Bajó por su cuerpo dedicándole besos y caricias que le hicieron gemir y arquearse involuntariamente.

-Iie... -protestó, obnuvilada por las sensaciones. Él la miró un instante.

-Dime que pare y pararé, lo juro...

Pero ella no le dijo que parara. No podía. La lengua de él la exploró a placer, llenándose del sabor de cada uno de los rincones de su femenidad, y ella podía decir no, pero no pedirle que se detuviera. Los dedos de él fueron igualmente lentos y metódicos, procurando deleite antes que dolor, y ella siguió protestando en voz baja, pero no le pidió que parara.

El placer era tan intenso que resultaba casi mareante. Makoto se dejó llevar, moviéndose de forma instintiva. Cuando la luz llegó, gritó como un pájaro herido, de forma aguda pero queda. Se mordió el labio inferior y dejó que él girara con ella abrazada, uniendo sus ingles para acariciarse mútuamente.

-Si me quieres, tómame -le dijo él en voz baja, ronca de deseo.

-Te quiero -respondió Makoto, y aquellas dos palabras, que no podían contener falsedad porque ella era incapaz de mentir, fueron como un sello sobre su destino.

El resto fue goce, risas y alegría. Él le puso su corona y el parche que cubría el hueco de su ojo, y ambos rieron como niños mientras bailaban la danza más antigua del mundo.

martes, 8 de octubre de 2013

Primeras Impresiones XXVII


De todas las cosas que Naseru no soportaba, el que una mujer llorara debía ser una de las principales. Por algún motivo, en las dos ocasiones en que había besado a una en su vida, ella había acabado llorando; pero en aquel preciso instante él no tenía conciencia de haber hecho nada para provocar aquella reacción. ¿Quiere decir esto que tengo derecho a besar a Makoto de nuevo, ya que ya está llorando? Se reprochó aquel pensamiento incongruente. La Usagi le daba la espalda ahora, intentando ocultar su rostro cubierto de lágrimas en un acceso de pudor. 

-Vamos, vamos... -la agarró por los hombros, sin saber qué hacer, procurando que volviese a estar de cara a él-. No lloréis. Llamadme imbécil, pero no lloréis -le suplicó.

-Él... Él me ha dicho que...

De nuevo un acceso de ira contra su hermano mayor le inundó. ¿Qué le habría dicho a aquella pobre muchacha para que el mero recuerdo la hiciera sollozar?

-¿Hai...? -preguntó con suavidad, tratando de que su ira no se transparentara en su tono. Hubiese vuelto a golpear a Sezaru con gran placer si lo hubiese tenido delante en aquel instante.

-... Que me casaré con otro. Y que... que... que le destrozaré el corazón.

-Oh -la comprensión se mezcló al desaliento. ¿Tenía el Lobo un rival desconocido? ¿Hay otro más del que debo preocuparme también?-. Kamis... igual se ha equivocado.

-No puedo imaginar... ¿Habéis estado enamorado alguna vez? -Makoto temblaba por los sollozos, pero alzó la cabeza para mirarle pese a todo, con unos ojos inquisitivos y llenos de infelicidad que le cortaron el aliento.

-No -negó él, recordando su encaprichamiento juvenil por Hoketuhime, que en su momento le pareciera el colmo de la belleza, la elegancia y la perfección. Parte de su distanciamiento con las mujeres estaba causado por ella, por la forma en que se le había venido abajo la única vez que se había atrevido a hacerle un avance tentativo, ingenuo pero apasionado. Pero lo cierto es que las emociones que le había causado aquella dama de cabello castaño y ojos azules no tenían nada que ver con lo que ahora estaba sintiendo-. Supongo que... uno se preocupa por la persona en cuestión -él se había afligido por el destino terrible de la Otomo. Y por Makoto... Kamis, se dejaría torturar por ella, por evitar que volviese a derramar una sola lágrima. ¿Era aquello amor?

-Hai... -ella le miraba con ojos enrojecidos, la nariz hinchada, los labios entreabiertos mientras las lágrimas seguían corriendo libremente por sus mejillas. Parecía estarse bebiendo sus palabras.

-Y que sólo desea su felicidad -musitó, pensando que nunca había estado menos bella que en aquel instante, pero que nunca había deseado más estrecharla entre sus brazos.

-Hai -respondió ella, casi sin aliento.

-¿Os casaríais con otro?

-¿Cómo iba a hacerlo, sabiendo que le partiría el corazón? -murmuró la bushi sin apartar la mirada de él. Naseru se inclinó y le secó las lágrimas con un pañuelo de seda.

La amo. Realmente la amo. Y ella ama a Sezaru... Kamis, ¿qué voy a hacer...?

-Bien... pues os lo prohibo -se oyó decir. Ella pareció tan sorprendida como él de aquello-. Os prohibo que os caséis con nadie que no sea Sezaru -añadió con firmeza. Makoto le miraba como si se hubiese vuelto loco.

-Estáis diciendo tonterías otra vez.

-Pero puedo hacerlo -repuso Naseru con tozudez-. Soy el Emperador, el Hijo de los Cielos, y lo que yo mando es ley aquí abajo y en los cielos -fue entusiasmándose con sus propias palabras, aunque su corazón estaba sangrando-. Y quiero que seáis feliz... así que os ordeno que lo seáis -sonrió con arrogancia. Ella estaba riéndose ahora, riéndose de él. Eso le hizo sentir mejor. Incluso el bufido y el gesto de impaciencia de la joven eran bienvenidos, ya que no había furia tras ellos o desconsuelo, sólo ligera incredulidad ante su bravata. Le sacó la lengua de forma infantil, y las risas de ella volvieron a resonar, como un bálsamo para él-. Quedaos el pañuelo.

-No hago más que quedarme piezas de vuestra ropa -comentó ella, sin rechazar cortésmente el regalo como hubiese dictado la etiqueta. Algunas lágrimas le caían todavía por las mejillas, y él se inclinó para besarle los ojos, y luego la frente. La muchacha se dejó hacer, atónita-. Naseru-sama, ¿qué hacéis?

-¿Consolaros? -señaló él-. O eso intento. ¿Tan mal lo hago?

-Hai -asintió ella, sonriendo. A pesar de sus palabras, Naseru pensó que no sería para tanto cuando le estaba haciendo salir de su desdicha-. Naseru-sama, ¿puedo preguntaros algo... muy indiscreto?

-Claro. Al fin y al cabo, he visto ese lunar que tenéis en...

-¡Naseru-sama! No seáis descarado -la muchacha se sofocó, llevándose la mano al lugar donde se encontraba el mentado lunar.

-Sólo probaba mi punto -señaló él, con humor.

-Se nota que os criásteis entre Escorpiones. A ratos habláis igual que el Canciller.

-Ugh... -el rostro del Emperador se torció de disgusto-. Eso ha sido un golpe bajo.

-Eso espero. Os lo merecéis -respondió la joven-. ¿Qué dije de cómo besábais vos? -inquirió, negándose a dejarse distraer por la picardía de él.

-Dijísteis "dulce"... y os echásteis a llorar. No sabía que era tan malo besando -ante sus palabras, Makoto pareció desconcertada-. Al menos no fue como con Kaneka. Habríais destruído mi ego para siempre.

-Quizás os hiciera bien -comentó ella, pero fruncía el ceño, pensativa-. ¿Me eché a llorar?

-Hai. No sé por qué -admitió él.

-¿Habéis besado a muchas mujeres? 

-No realmente -respondió Naseru, sorprendido a su vez. ¿Estaría Makoto celosa...?

-Entonces quizás sí sóis tan malo, ¿lo habéis pensado...? -sonrió ella con malicia.

-Generalmente las damas quieren algo de mí, aparte de besarme -explicó él, ligeramente picado-. ¿Tan bien recordáis todo para decirme que beso mal?

-No, la verdad es que no -confesó Makoto-. No recuerdo casi nada, después de que llegara Kaneka...

-Pues exijo mi revancha -le había dicho que quería besarla cuando estuviera sobria, y ahora ese deseo se agudizaba. Tal vez ella no le amara, tal vez nunca volviese a poder acercarse a la joven de aquella manera, ya que iba a casarse con Sezaru. Pero... nadie podía reprocharle que quisiera un beso, siquiera...-. Así os refrescaré la memoria.

-¡Iie! -la joven se puso como la grana.

-¿Por qué no?

-Pues porque me da vergüenza -respondió la Usagi muy sofocada-. Y ahora no estoy tan borracha como para... ¡Yo no voy besando hombres por ahí!

-Ya sé, sólo besáis a los hombres que os gustan mucho, y al parecer yo no soy uno de ellos -Naseru sonrió, esta vez irónicamente-. Ni siquiera guardáis recuerdo de besarme, pero no deseáis repetir la experiencia. Sin embargo, para mí, sí que fue el mejor beso que me han dado nunca...

-¿Gomen... nasai? -musitó ella, asombrada.

-Honto... -cerró su único ojo-. Me lo dísteis a mi, no al Emperador. Me sentí persona, no título... Domo arigatô -hizo una leve inclinación de cabeza-. Lo atesoraré.

-Deberíais hacerlo -ella aún parecía sorprendida, pero inclinó la cabeza a un lado y sonrió, de nuevo traviesa-. Si os tratara como a un hombre, y no como al Emperador...

-¿Hai? -la azuzó él.

-Ya tendríais más de un pellizco -inclinó la cabeza, pero más para ocultar su sonrisa que como signo de respeto. Naseru sintió la tentación de insistir, y decidió dejarse llevar por ella. Kamis, pero como la deseaba, con aquel aire de niña alegre y burlona, con su dignidad ofendida de samurai recta, con sus críticas y palabras hirientes, con sus ojos llenos de inteligencia y curiosidad...

-¿Y qué me haríais si quisiera repetir?

-¡Naseru-sama! Nos conocemos de hace días, apenas hemos hablado...

-Y ya os conozco más que a muchos que llevan años a mi lado -cortó él.

Ella le miró, y de nuevo sus ojos estaban llenos de preguntas, como si intentara verle realmente. Sus siguientes palabras fueron inesperadas, pero bienvenidas.

-El trono es un lugar muy solitario en el que sentarse, ¿neh...? -musitó Makoto en voz baja.

-Mucho -respondió él, solemnemente serio esta vez. Ella le veía, le veía realmente. No se perdía en galas o títulos. Podía ser leal al Emperador, pero cuando hablaban, no hablaba al Hijo del Cielo, sino al hombre, por mucho que dijera lo contrario.

-Hay... -pareció que iba a callarse, pero él asintió y la joven cobró ánimos para seguir hablando-. Hay momentos en que hacéis o decís cosas que me hacen pensar que... que no sóis tan insoportable -hizo una pausa-. Que os sentís solo. Que sóis amable.

-Arigatô -respondió él, sin saber muy bien a dónde quería ella ir a parar.

-Y justo cuando empiezo a tener buena opinión de vos... -suspiró-. Hacéis o decís algo que me dan ganas de estrangularos.

-¿Ahora tenéis ganas de estrangularme? -preguntó él en voz baja, íntimamente conmovido por la franqueza desplegada por la joven, por su agudeza al analizarle, por el simple hecho de que se molestaba en mirar más allá de lo que todas las mujeres que había conocido se habían planteado mirar. Makoto negó con la cabeza, y él musitó-. Pues voy a daros motivo.

No podía más. Se inclinó y la besó, esta vez plenamente consciente de lo impropio de la situación, pero decidido a tener al menos aquello. Estando ella ebria, había tenido la impresión de aprovecharse de la joven, pese a que ella estaba más que decidida a probar sus labios. Ahora, con la muchacha completamente sobria en sus brazos, sabía positivamente que de no haberse estado aprovechando ella jamás hubiese iniciado aquel movimiento. Había intentado tentarla, bromear sobre el tema, pero había vuelto una y otra vez a él... simplemente porque recordaba demasiado bien lo que había sido, y deseaba repetirlo. Besadme o no habrá segundas oportunidades, le había dicho ella. Bien, él lo había hecho. Y por todos los Kamis que no iba a perderse la segunda oportunidad.

Ella sabía a sol, a té, a cientos de cosas secretas y personales. La besó con ternura, con pasión, con todo lo que tenía dentro. Posiblemente fuese la última vez. Fue mucho mejor que la primera, porque el olor y el sabor de Makoto no estaban ocultos tras el alcohol y la bilis, y también porque pese a su reticencia, la joven no se apartó ni le golpeó, sino que se dejó hacer. No la aferró esta vez, ni apretó su cuerpo juvenil contra el suyo, pero pudo disfrutar de cada segundo de aquella experiencia sabiendo que esta vez, los dos la recordarían. Se debía eso a sí mismo, al menos, cuando estaba dispuesto a renunciar a ella por su propio bien, para que pudiera ser feliz en brazos de otro...

Se apartó lentamente. Makoto tenía los ojos cerrados, y la vió tragar saliva. 

-Estáis triste -susurró ella.

-Casi siempre -reconoció Naseru, sorprendido. ¿Había notado eso ella en su beso? 

-¿Por qué? -las palabras de la joven Usagi fueron apenas audibles.

-Siempre lo he estado... y ahora... -inspiró hondo, intentando no delatarse-. Como Emperador, aún más.

-¿Y os extraña que me echara a llorar?

-No... no realmente, supongo -sonrió ligeramente. Ella alzó la mano para acariciarle la mejilla-. ¿Quieres quedarte con el kimono?

-Hai... -la muchacha parpadeó.

-Tuyo es -era una pequeñez, una nadería, pero él anhelaba que lo tuviera. Podría imaginarla de nuevo vestida de verde imperial, fantasear con que era lo normal. Eso era una tontería en realidad: el kimono era masculino, y dudaba que un presente tan preciado fuese utilizado por ella o por alguien de su familia. Seguramente sería respetuosamente conservado como muestra de favor por los suyos. Y sin embargo, la mera idea de que pudiese llegar a ponérselo, como una niña que jugaba a los disfraces, le hacía sentirse menos solo, menos aislado en su decisión de dejarla marchar...

-Arigatô -de nuevo, ella se saltó las normas y aceptó el obsequio sin rechazarlo por cortesía. Hubiese debido ser insultante, pero Naseru leyó en aquel gesto que ella no dudaba de su sinceridad, ni quería distraerse de la intensidad del momento con falsos despliegues de modestia. Le gustó incluso más por ello, cosa que amenazaba con hacerle aún más daño... y sin embargo, era bienvenida-. No sabía que estábais tan triste -le miraba ahora con fijeza, intentando leer de nuevo en él.

-Nadie lo sabe -repuso Naseru-. Puedo ser cruel, arrogante, mezquino... pero no puedo mostrar tristeza o debilidad.

-¿Y a mí?

Le estaba preguntando por qué la honraba con su confianza, pero él decidió malinterpretarla porque no podía decirle la verdad. No hubiese estado bien.

-No creo que uses esto para aprovecharte de mí, ¿neh...? -le acarició la mejilla. El tuteo y el contacto eran excesivamente íntimos, pero ella no se retiró ni pareció dispuesta a cuestionarle al respecto-. Confío en ti.

-Según vuestras propias palabras, me acabo de aprovechar de vos -Makoto sonrió, llevándose los dedos a los labios.

-Si me dejo no cuenta, ¿no? -refutó él.

-Eso es lo que yo opino. ¿Y vos? -contestó ella.

-Ciertamente -admitió Naseru-. ¿Vas a pegarme entonces? -Makoto se echó a reír, y él la coreó-. O pídeselo a Kaneka, estaría encantado de ello...

-Estoy segura de ello -repuso la Usagi-. Al parecer la gente que os conoce bien tiene ganas de golpearos...

-Será porque me conocen, efectivamente.

Ella le miró largamente, y luego le dijo en tono de suave reproche:

-En la Corte me odian... en parte por vuestra culpa, y en parte por atraer la mirada de Sezaru-sama -suspiró.

 -Que te odien. La Corte puede odiarte, pero el Emperador... -Naseru se contuvo antes de decir lo que tenía en mente.

-¿Hai? -inquirió ella con voz gentil.

-Al Emperador le gustáis mucho -terminó él, intentando cubrir su pequeño lapsus. Makoto le miró, sopesándole unos instantes, antes de sonreír y decirle.

-¿Os gustaría cenar conmigo esta noche?

Aquello le hizo un nudo en la garganta a Naseru. Era la primera vez que ella hacía un gesto activo de acercamiento, y lo valoró tanto más por cuanto había ocurrido previamente. Se había abierto a ella, había dejado que le viera con todas sus debilidades... y ella reaccionaba perdonándole sus anteriores faltas y reaccionando como si él fuese un hombre normal, al que pudiese convidar sin esperar gestos de favor de él.

-Hai... me gustaría mucho -hizo una pausa, y añadió-. Creo que voy a modificar mi prohibición respecto a las cenas. Sólo podréis cenar con miembros de la familia, ¿hai?

-Arigatô -la reverencia de ella fue profunda, pero burlona. Naseru se inclinó y le acarició el pelo, lentamente. Los ojos de la bushi volvieron a escrutarle, desnudándole el alma-. No quiero que estéis triste, mi Señor... Si puedo hacer algo, cualquier cosa, aunque me irrite, para que estéis mejor, decídmelo. Me gustaría ayudaros... en lo que sea. Incluso si lo que os alivia es reíros de mí.

-Uhm -Naseru sintió que la tentación volvía a hacerse más fuerte-. ¿Aunque os irrite? -ante el asentimiento de ella, volvió a besarla. Era extraño, pero Makoto no se resistió, simplemente cerró los ojos y se dejó hacer, relajándose en el contacto. Naseru empezaba a sentirse cualquier cosa, menos relajado-. Me encantó veros con mi kimono -le susurró.

-Me hubiese gustado veros sin el vuestro -contestó ella en el mismo tono.

Naseru sonrió ampliamente. Makoto se llevó las manos a las mejillas, con ojos como platos, tan asombrada por sus propias palabras como halagado estaba él por aquella frase inoportuna.

Nota: Imagen propiedad de Robert Keenan: http://es.123rf.com/photo_5684063_banco-de-piedra-jardin-japones-junto-a-arce-hecho-como-imagen-hdr.html

jueves, 3 de octubre de 2013

Primeras impresiones XXVI


Yori sentía una cierta asfixia en su refugio al fondo del jardín, pero ignoró su claustrofobia en pro de valorar la situación. Todo parecía ir sobre ruedas: aunque la infiltración había sido arriesgada debido al número de agentes presentes, una vez dentro se habían limitado a ir saliendo vestidos de sirvientes, gente a la que pocos dedicarían dos miradas... y menos si se iban saludando entre ellos, actuando con normalidad. Porque aunque era habitual que ni siquiera todos los criados se conocieran, por lo general había grupos en los que sí. Ir saliendo poco a poco y creando una ilusión de pertenencia al servicio del palacio había sido su prioridad.

Llevaban planeando aquello desde que descubrieran cuál iba a ser la sede de la Corte Imperial aquel año. Y aunque no estaban previstas todas las contingencias posibles, pues ni siquiera un vidente es capaz de leer el futuro a la perfección, todos ellos eran adaptables, con facilidad para afrontar incidencias inesperadas, y lo más importante de todo: devotos y prescindibles. Lo mismo que él.

Cerró los ojos. Era fundamental saber que podían llegar al extremo de sacrificarse por sus ideas, ya que si no el golpe ni siquiera tenía sentido. ¿Cómo podías planear arrebatar una vida, si no estabas dispuesto a abandonar la tuya propia? ¿Cómo hablar de la necesidad de matar, si no eras capaz de morir? ¿Cómo discutir el desorden dentro de las leyes inmutables, la injusticia de la norma divina, si no estabas dispuesto a enfrentarte a la última igualadora?

Se alzó, con el fulgor de su integridad brillando a través de él. No era atractivo, no era hermoso de rasgos, ni siquiera era particularmente alto o musculoso; todo su carisma se lo debía a la firmeza con la que encaraba lo que él veía como necesario.

-Hermanos, amigos. Hemos sido traicionados -comenzó a decir-. Algunos de los nuestros creen que con la caída del último Hantei alcanzamos nuestros objetivos, y que deberíamos proteger a la dinastía nacida de Toturi por no pertenecer a los descendientes de lo divino que intentan apartarnos de nuestra libertad. Sin embargo yo os digo que aquellos que se alzan por encima de otros seres humanos, aquellos que por nacimiento pisotean según ellos por derecho a otros tan buenos como ellos o más, no merecen mejor trato que el que nos infligen. Toturi fue noble, hasta que cayó. ¿Pero son sus hijos dignos del ideal que él empezó a encarnar hasta su corrupción? Yo digo que no es así. Aquellos que han provocado una guerra civil por orgullo, que dicen querer cuidar de Rokugan como si sus gentes fuéramos ciegos, sordos e imbéciles, que han diezmado las tierras que los nutren por un derecho discutible a reinar, los soberbios que se creen con derecho a todo por encima de los demás, no se merecen reinar.

Hizo una pausa. El silencio a su alrededor estaba cargado como una tormenta eléctrica.

-¿Qué derecho sostenía a la asesina Tsudao, salvo su propia naturaleza impetuosa? Fue grande y heroico su sacrificio, pero sólo en su final se rebeló digna de lo que hasta entonces había luchado por poseer a despecho de las opiniones contrarias de otros. ¿Qué derecho hubiese sostenido al loco Sezaru, llevado por su magia y su naturaleza asesina a la guerra cuando decía desear la paz? ¿Qué derecho sostiene ahora a Naseru, sino la debilidad de sus hermanos? Kaneka ha logrado lealtades y ha creado alianzas, pero ha renunciado al trono en favor de alguien inferior. Yo digo que todos ellos merecen su aniquilación. Y si fallamos y morimos, sabremos que lo hacemos a despecho de lo correcto, no a causa de ello. El destino es palabra para cobardes que no desean ser responsables de sus actos. Yo digo que seamos libres, que seamos fieros, que matemos o muramos según nuestras decisiones. Yo digo que tomemos el poder que otros no se merecen y lo devolvamos a aquellos que se sacrifican cada día para que una clase ociosa, guerrera, sanguinaria e inútil se revuelque en lujos obscenos a costa de los humildes. Yo digo que quienes traen la guerra merecen morir a manos de aquellos a los que han sacrificado en el altar del orgullo personal o la debilidad de carácter.

Miró a su alrededor.

-Estamos preparados. Sóis dignos de estar aquí. Y si morimos, moriremos orgullosos de nuestra lucha, porque no luchamos por nosotros, sino por todos. Porque Rokugan no es una joya que obtener, sino un lugar lleno de gente que sufre, vive, ríe y respira. Y porque estamos aquí porque amamos a esa tierra fértil y real, alejada de los ideales mentirosos de la clase ociosa. 

Inspiró hondo.

-Hermanos, estoy preparado. Y vosotros también. Que la sangre de los indignos sea derramada.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Primeras Impresiones XXV


Sentada ante su primo, Akodo Kurako fruncía ligeramente el ceño mientras le servía el té. El joven, pensaba ella, no podía haber elegido momento más inoportuno para mostrar su impulsividad que ante la Corte Imperial, y cuando ella tenía que lucirse pese a las lenguas envenenadas de cortesanos y otras Candidatas. Aquello iba a dar que hablar durante tiempo, y si no quería que su reputación resultara dañada debía pasar los ratos libres en que sus criadas estaban ocupadas con tareas propias en las estancias de él, rigurosamente guardadas por guardias Seppun.

Lo cierto es que tampoco era una pérdida tan grave. Aunque charlar con otras damas y Candidatas de Clanes Mayores era divertido, entre la envidia y los golpes bajos de unas y otras tenía claro que no iba a lograr grandes amistades por lo que respecta al género femenino. Un comentario suyo poco apreciativo y excesivamente ingenioso sobre la edad de Otomo Hoketuhime, susurrado entre risas a la Candidata Grulla, había terminado con un rumor desproporcionado por toda la Corte según el cuál había llamado a la solterona poco menos que vieja decrépita al borde de la muerte por senectud. No podía alzar dedos acusando a nadie: tanto la Grulla como la Escorpión podían ser las culpables, o cualquiera cuyo criado hubiese pasado en aquel preciso instante. En todo caso había sido desafortunado para ella, pues la Daimyo era una persona cercana al Emperador y aquello no podía resultar en bien para la León.

Tampoco es que en otras circunstancias se hubiese molestado mucho en agradar a Hoketuhime-sama. Sus ojos de hielo eran inexpresivos como dos espejos de hielo, y sólo el tratar con ella en el plano de la cortesía más superficial le provocaba escalofríos. Pero aquel incidente le había procurado una enemiga de la que bien hubiese podido prescindir.

En cuanto al sector masculino de la Corte... Bien, otras Candidatas se mostraban encantadoras, seductoras, incluso insinuantes con tal de llamar la atención de los hombres. La Escorpión prácticamente mostraba sus senos en su afán de descubrir unos ciertamente atractivamente torneados hombros, cosa que había provocado un comentario distraído y amable de un Cangrejo que le había ganado una furibunda detractora. Pero lo cierto es que Kurako sólo había deseado desde buen principio atraer la mirada de un único samurai... El Emperador Naseru, con el que había hablado previamente en una ocasión y había pasado un largo y encantador lapso comentando diferentes libros de estrategia y sus aplicaciones en la vida real. Ella había acabado deslumbrada con la inteligencia de él, por su agudeza... hasta su malicia le había parecido atractiva. Kurako no era el tipo de muchacha que se prenda de un físico agradable, o habría caído perdidamente enamorada de su primo Gica hacía años; pero las profundidades que había visto en el ojo negro de Toturi III le habían resultado tan fascinantes como abismos llenos de misterio y secreto.

Y sin embargo, él no había mostrado más interés por ella tras aquella primera entrevista. Ella había llegado tras el inmenso orgullo provocado por ser elegida Candidata del Clan León, feliz de volverle a ver, dispuesta a servirle, a conocerle, a aceptar incluso su lado difícil que había intuído tras sus retorcidas y astutas tácticas. Había bailado para él, le había entregado las flores de su cabello. Una ofrenda tan íntima, tan personal como podría haberlo sido una pieza de ropa muy querida. Él a cambio había invitado a cenar a la Usagi, desdeñando sus esfuerzos por agradarle.

Miró de reojo a su primo, que observaba distraídamente los árboles del jardín, ausente. Gica le había reprochado a menudo el ser demasiado pagada de sí misma. A ella no le ofendía aquella apreciación, pues en el fondo podía comprender que así era. Quería a su pariente, más allá de lo que los caracteres de ambos tuvieran de dispar. Y sin embargo, ¿cómo hubiese podido ser más modesta, siendo objetivamente hermosa, sabiéndose inteligente, disciplinada y culta, con una voz encantadora y un físico envidiable? Por muchas vueltas que le diera, le resultaba difícil ponerse al nivel de gente menos dotada. Eso era un fallo, sin duda, y uno que le costaría esfuerzo enmendar.

Debía reconocer que la Usagi no era fea, y sí mucho más modesta que ella. Pero no tenía gran cosa más destacable: sus pechos eran demasiado menudos, y su trasero desmesuradamente prominente. Era pequeña y bonita, pero basta en sus modales y demasiado directa. Sus ropas, inicialmente, habían sido elegantes pero no llamativas... algo que había cambiado tras un incidente que se comentaba por toda la Corte, en el cuál al parecer alguna dama envidiosa se había infiltrado en su habitación personal para destrozar cuanto poseía la muchacha. Aquella táctica ruín repugnó a Kurako, pues aunque no hubiese rechazado la posibilidad de batirse en duelo con la Usagi, aquella bajeza le parecía totalmente impropia de la nobleza exigida a los samurai.

En otras circunstancias, hubiese podido sentirse vagamente protectora por la Liebre, ya que sentía más afinidad por ella que por muchas otras Candidatas: Makoto estaba perdida en el ambiente de la Corte, un ambiente que a la propia Kurako en ocasiones le agobiaba... momentos en los que prefería estar sola, meditar, realizar sus rutinas de entrenamiento, estudiar estrategia o pasar un rato charlando con su primo. Ella tampoco era cortesana, pero su educación le permitía comportarse de forma bastante adecuada... salvo por aquel desliz imperdonable en sus primeros días con la Daimyo Otomo.

Se había dejado llevar y había hablado de más. Y ahora no podía disculparse, pues hacerlo hubiese confirmado un rumor que de otra forma podía ser considerado cierto, o no... mientras que rogar el perdón de la Dama de Hielo hubiese sido condenarse irremisiblemente. Y dudaba que Hoketuhime fuese precisamente indulgente con quienes la ofendían.

Suspiró.

-Pareces descontenta, Kurako-chan -le dijo su primo, saliendo de su abstracción para sonreírle.

-Y lo estoy, Gica-kun... por si no te has dado cuenta, voy a tener que permanecer en un estado de aislamiento casi monacal por culpa de tu impulsividad.

El muchacho se sonrojó violentamente.

-¡Nadie vio nada! -exclamó-. ¡No puedes acusarme sin testigos ni pruebas!

-¿Gomen nasai...? -Kurako parpadeó-. Primo, ¿qué me estás ocultando? -inquirió, repentinamente suspicaz.

-Yo no... pues... es que... -titubeó él, para luego musitar-. Hikaru-chan...

-¿Hikaru-chan? -la Candidata volvió a quedarse en blanco. Miró a su primo, que jugueteó con el borde de su kimono dorado. Nunca le había visto tan vulnerable, tan inestable como entonces. Frunció el ceño-. ¿Quién es Hikaru-chan, y qué has hecho con ella para estar tan... descentrado, Gica-kun?

Él bajó la mirada.

-La candidata del Clan del Zorro...

El asombro y la indignación invadieron al unísono a la mujer. Se sintió traicionada.

-¿¡Tú también te vas fijando en las Candidatas de Clanes Menores...!?

***

La noticia de que Sezaru-sama no iba a poder dedicarle el desayuno no fue muy agradable, más cuando el shugenja se limitó a enviarle una nota algo impersonal en vez de disculparse en persona. Makoto se sintió decepcionada, para luego echarse a sí misma en cara aquella reacción. No era justo que se molestara con la Voz del Emperador por cumplir con sus deberes, unos deberes que justificaban más que de sobras que no se presentara a un compromiso tan informal como aquel.

No debía ni pensar en la posibilidad de que él la estuviera rehuyendo a causa de la profecía que le había comentado, o se iba a echar a llorar...

En vez de eso se centró en la entrevista que, milagrosamente, Kotetsu le había concertado a solas con el Hijo del Cielo. Ai no había tenido oportunidad de devolver el kimono, así que la excusa había sido obvia. De hecho, la criada se había mostrado aliviada de la resolución de Makoto, así que seguramente la dama Unicornio tenía toda la razón del mundo al indicar que la había colocado en una situación incómoda al pedirle que devolviera la prenda discretamente.

Durante la mañana, el Emperador se centraba en reuniones, entrevistas y audiencias públicas, así que a la Usagi no la sorprendió que la citara después de comer. Tras pensar que debería almorzar con el Canciller y pedirle disculpas en persona por su ausencia del día anterior, se había descubierto incapaz de ingerir nada. Tal vez fueran los nervios, pero finalmente se contentó con enviar a Ai solicitando al salaz Kaukatsu que la perdonara, pero que no iba a poder acudir en caso de que quisiera renovar su cita. Éste se mostró comprensivo, en exceso y todo según la opinión de la criada, y le indicó por escrito que podían quedar cuando se encontrara más repuesta de su malestar. De todas formas, añadía, él tenía una semana compleja y llena de compromisos, así que no le iba mal aplazar aquella comida.

Tanto mejor, se dijo la Usagi. La visión de comida en aquel estado de inquietud le soliviantaba el estómago.

Así se siguió sintiendo tras llegar al lugar donde Ide Kotetsu le había concertado la entrevista. Era un bellísimo jardín privado, situado en las estancias personales del Emperador. Éste se encontraba dándole vueltas a un crisantemo delicadamente rosado entre los dedos, y sonrió al verla. Makoto se postró a sus pies.

-Mi Señor... 

-Ah, Makoto -la voz del Hijo del Cielo era casi alegre-. Puedes levantarte.

Ella así lo hizo, y sus miradas se encontraron. La joven se dió repentina cuenta de que estaba cometiendo el mismo desliz que cuando había sido presentada ante la Corte al completo, y bajó los ojos rápidamente, sonrojándose hasta la raíz de cabello.

-Gomen nasai... Tengo entendido que os incomodé grandemente en vuestro paseo nocturno -profirió la joven, intentando centrarse.

-¿Incomodarme? -Naseru sonrió-. Que una muchacha hermosa me bese no es incomodarme...

-¡Mi Señor! -protestó ella-. No suelo ir por ahí besando a la gente como norma. 

-¿Entonces no se repetirá esa conducta? -preguntó él con seriedad.

-¡Iie! -Makoto abrió unos ojos como platos, retrocediendo involuntariamente un paso.

-Una pena...

Ante aquel comentario tan poco decente, Makoto sintió la tentación de lanzarle el paquete que contenía el kimono imperial a la cabeza y salir corriendo. Sin embargo, se contuvo, juzgando tal actitud completamente infantil e indecorosa.

-Sólo beso a las personas que me gustan mucho -profirió entre dientes apretados, en cambio.

-¿No os gusto? -una ceja muy negra se arqueó desafiante y juguetona. El Emperador parecía estarse divirtiendo, y la irritación hizo que Makoto olvidara por primera vez su lánguida melancolía debida a las declaraciones de Sezaru.

-Le pegásteis a Sezaru-sama -señaló, enfadada.

-Y con buen motivo, creo yo -ahora fue el turno del Emperador de parecer entre ofendido y desconcertado-. Os deshonró.

-¿Que él me...? Eso es una tontería -protestó la Liebre, asombrada-. Y además, él no se puede defender de vos, y vos lo sabéis. No ha estado bien.

-No estáis casados -repuso con seriedad Naseru-. Y os besó.

-¡Yo quería que me besara! -exclamó Makoto, a punto de patear el suelo por la frustración que le producía aquella discusión circular. Desde un punto de vista externo, tal vez hubiese debido darle la razón al Emperador. Pero ella sabía lo que había ocurrido realmente, y se consideraba tan culpable como el propio Sezaru. En cambio, Naseru había abusado de su prerrogativa como Hijo del Cielo al agredir personalmente a alguien que estaba incapacitado por su lealtad a defenderse de cualquier manera...

-¿Estáis regañándome? -el único ojo del Emperador se abrió de par en par, con estupor. Makoto revisó sus palabras, su actitud. Efectivamente...

-Gomen nasai -apretó los puños, desviando la mirada-. He hablado fuera de lugar.

Él se rió a carcajada limpia, cosa que hizo poco por serenar el ánimo soliviantado de la Usagi.

-¡Lo estábais haciendo! -exclamó gozoso-. ¡Eso sí que es valor!

-¡Sóis... sóis...! -Makoto se mordió el labio inferior, furiosa-. ¡Sóis tan irritante!

-¿Irritante...? -Naseru inclinó la cabeza a un lado, como fascinado-. ¿Y qué más?

-Consentido -precisó ella, devolviéndole ahora la mirada.

-Seguid, os lo ruego...

-¡Todo lo que tenéis de guapo lo tenéis de narcisista!

-¿Y soy muy guapo? -sonrió él, aparentemente muy divertido por la situación.

-¡Hai! -repuso ella con calor-. No entiendo qué os ven las otras mujeres, salvo que se enamoren de vos en la distancia... ¡En persona sóis insoportable!

-Vuestra sinceridad es refrescante -comentó él, dejando con cuidado la flor sobre un banco de piedra-. Y debo decir que coincido en todo con vuestra opinión. Pero claro, ¿cuántas de las damas que se creen locamente enamoradas de mí creéis que han hablado conmigo? -le sonrió, indulgente.

-Muy pocas, o no habría tantas que me odiaran -respondió Makoto con cierto resentimiento. La sonrisa de él se volvió casi gentil.

-¿Y cuántas de las pocas que han hablado conmigo creéis que tienen opinión propia, en vez de estar cuidadosamente adiestradas para coincidir educadamente conmigo en todo...? -se sentó en el asiento de piedra, junto a la flor cortada, volviendo a juguetear con ella.

Makoto se sintió desconcertada de nuevo, y su rabia la abandonó como por encanto. Frente al Emperador solía sentirse así, entre perpleja y furiosa. Nunca tranquila y reposada como se suponía que debía ser una dama... Y sin embargo, él le estaba haciendo ahora algo similar a una confidencia. Al parecer, su excesiva sinceridad no era una molestia para él, ni siquiera cuando había pronunciado palabras que, aunque extentas de traición, no lo estaban en absoluto de crítica.

Se arrodilló a sus pies, mirándole con perplejidad a su único ojo negrísimo, indescifrable.

-Sóis realmente complicado -dijo, sin intentar camuflar la confusión que sentía. De todas formas, ésta era demasiado obvia.

-Hai, eso me dicen siempre -él sonrió-. ¿Sabéis? Me gusta vuestro carácter.

-Pues a mí no me gusta el vuestro -confesó ella sin doblez.

-Eso es otra cosa que me gusta -contestó el Emperador con una sonrisa sorprendentemente franca-. No sóis aduladora, ni obsequiosa... y no dudáis en gruñirme si creéis que me lo merezco -por un momento su párpado ocultó la pupila azabache, y Makoto se sintió extrañamente en armonía con aquel hombre tan tortuoso que parecía estarse relajando por segundos en su presencia, como un gato tumbado al sol-. Admito que he sido un salvaje y un egoísta a posta...

-Hacéis que el deber de un samurai me resulte particularmente duro -gimió ella, agobiada y de nuevo molesta.

-Pero seguís cumpliéndolo, y aún así -volvió a mirarla, sonriéndole de forma singularmente íntima- sóis sincera conmigo...

-No sé ser de otra manera -repuso la bushi, bajando sus ojos castaños algo incómoda. Él la tomó por la barbilla, y Makoto dejó escapar una exclamación, apartándose bruscamente ante el indebido contacto. Naseru frunció el ceño con severidad.

-¿A dónde vas? -le reprochó. Ella se quedó sin palabras unos segundos, y luego contestó con humildad:

-A ninguna parte, mi Señor -permitió que él volviera a tomar su rostro entre unos dedos morenos, demasiado callosos para un cortesano. Se miraron sin tapujos, y la sonrisa de él volvió a florecer con una franqueza tan conmovedora que a la Usagi le costó mucho no devolvérsela.

-Cuánta fuerza... -suspiró él. Parecía casi conmovido, pero la joven no supo decir por qué-. Pero... onegai, no nadéis borracha. Me dísteis un susto de muerte, creí que os ahogábais...

-¡Gomen nasai! -de nuevo, él cambiaba de conversación justo cuando ella creía saber de qué estaban hablando. Se puso como la grana, y la disculpa brotó a borbotones-. No había bebido jamás, mi padre es muy severo y no permite esas cosas en casa, y yo... -él le puso un dedo sobre sus labios, y ella calló.

-Sólo prometedlo, o tendré que vallar el lago para dormir tranquilo -la voz de Naseru era tranquila, pero contenía una nota de súplica que turbó profundamente a la Usagi.

-Os doy mi palabra. En realidad... ni siquiera recuerdo haberme tirado al agua...

-Mejor... No querríais recordar al Khan desnudo -la sonrisa de él fue maliciosa esta vez, pero con un humor ligero y curiosamente encantador-. Yo creo que tendré pesadillas el resto de mi vida. Es... muy peludo, Makoto-san. Ardería si le acercáseis una vela -ella se echó a reír, y Naseru pareció satisfecho de su reacción-. Creí que os perseguía un oso por el agua...

-¡Pobre Chagatai-sama...! -la Usagi no podía contener la risa. Él se unió a ella, y por primera vez desde que entrara en aquella Corte Makoto se sintió realmente a gusto con él.

-¿Me hacéis un favor? -la pupila del Emperador expresaba de nuevo algo íntimo, como si le rogara.

-Depende -la desconfianza de ella estaba bien fundada, visto lo ocurrido entre ellos hasta el momento. Naseru no se desanimó por ello.

-Si soy un imbécil, decídmelo... Necesito gente así de sincera conmigo -le pidió con suavidad. 

-¿Oh-Naseru-sama...? Sóis un imbécil -la sonrisa de la muchacha fue vacilante, como poniendo a prueba la voluntad expresa del Emperador. Pero él suspiró apaciblemente y contestó simplemente:

-Gracias.

-Ha sido un placer.

-¿Algo más? -inquirió él, inclinando la cabeza.

-Hai... No seáis tan duro con Sezaru-sama... -vacilante, Makoto añadió-. No se aprovechó de mí.

-¿Debo entender entonces que vos os aprovechásteis de él? -Naseru no estaba dispuesto a tomarse aquello en serio, y menos con la punzada de celos que estaba sintiendo en aquel preciso instante.

-En cierto sentido, sí... Me... me atrae mucho vuestro hermano -Naseru sintió que cada palabra era como una puñalada, mortífera y precisa-. No por su rostro o... nada por el estilo, sino por él mismo.

-Oh... ¿mucho? -musitó él. Ella asintió con timidez-. ¿Deseáis desposarle? -se obligó a decir.

La reacción de ella fue tan repentina como inesperada: se tapó la cara con las manos y se echó a llorar.